24 Oct Paradojas contemporáneas
Llevaba tiempo queriendo escribir sobre algo que el lector seguramente juzgue que está cogido con pinzas. Es posible, pero llevo tiempo observando que algunos fenómenos aparentemente distintos e independientes, desde las bodas hasta la política pasando por la educación o los gender reveal, guardan ciertos parecidos que me inducen a pensar que pueden tener explicaciones parcialmente comunes.
Empezando por lo primero que he mencionado, las bodas hoy son auténticos circos y festivales, con preboda, puestos de chuches, comidas exóticas, drones, bandas de música y photocalls y, sin embargo, en torno a la mitad de matrimonios terminan en divorcio.
¿Tendrá esto algo que ver con otro hecho del mundo de la educación? Pues, al tiempo que la educación se ha afanado en la innovación, la creatividad y la ludificación de la enseñanza, mientras se celebran «graduaciones» desde la guardería hasta bachillerato, y mientras prolifera hasta la náusea una metastásica red de tecnicismos y palabras altisonantes, magnánimas y beatíficas, el nivel educativo en España sigue cayendo a la par que la autoridad del profesor.
¿Tienen algo que ver estos hechos con la proliferación del team building, los comités de eventos y otras patrañas promovidas en las empresas en un momento de semejante estancamiento salarial y pérdida de poder adquisitivo donde muchas empresas juegan a la picaresca y son auténticas máquinas de picar carne?
Del mismo modo, parecerá disparatado relacionar estos fenómenos con el hecho de que en la época del boom de viajes intercontinentales, festivales, plataformas de entretenimiento y consumo de experiencias que abigarran un mercado que promete un ejercicio de autoconstitución y libertad plena, en una época donde «resiliencia» o «flexibilidad» son palabras perversamente populares, una buena parte de la sociedad se conduzca narcotizada en su día a día a base de benzodiacepinas y otros ansiolíticos.
Entretanto, también hemos importado en España estupideces del mundo anglosajón como los gender reveal o los baby shower en un tiempo donde el valor antropológico y ontológico del nasciturus ha descendido hasta ser poco más que un pólipo, que diría Simone de Beauvoir.
Es posible que estos ejemplos que he traído a colación sean similares sólo en un sentido formal, y que tengan explicaciones complejas y diversas. Sin embargo, de alguna manera se me antojan conectadas, y trato de entender por qué.
A medida que se van degradando estas instituciones y ámbitos sociales, de alguna manera parece que la frivolización emana como una excrecencia natural. Cuando menos valen los hitos en un sistema educativo cada vez más endeble y obtuso, más se histrionizan sus ritos de paso. Cuanto menor es el estatus que la sociedad ha ido otorgando al feto, más aderezos brotan en torno a la gestación (celebraciones, apps, «madres profesionales» en las redes sociales…). Cuanto más volátil es en términos legales y morales el matrimonio, más pirotécnica se vuelve su celebración.
No es que estas cosas sean contradictorias, sino paradójicas; pues nada tiene de contradictorio que las enfermedades mentales y los suicidios aumenten con semejantes discursos en torno a la libertad y la autonomía individual, ni que se haga una fiesta con confeti azul o rosa como si los bebés fueran caprichos que se pueden comprar o exterminar a voluntad de la madre. Quizá sean disfunciones contemporáneas en un mundo de adultos enfermizo. O quizá —por aventurarme a dar otra explicación— en la era del relato ni las cosas más profundas e íntimas escapan al intento de ser abordadas con aspavientos, gestos y apariencias. Ante los acontecimientos importantes de la vida, la gente inicia una búsqueda desesperada para proveerlos de un sentido y una solemnidad en los que, en el fondo, ya no saben creer.
En el terreno político esto está claro: la población es asombrosamente dócil a la influencia mediática, a las noticias que tan pronto aparecen como desaparecen (los desahucios, Ceuta, Venezuela, Palestina, el precio del gasoil…), a las psyops más descaradas, a los posicionamientos de los creadores de opinión de cada facción ideológica, y el baremo para abordar los escándalos políticos no es el honor, ni la virtud o el decoro, sino la reacción psicología de la masa, cuánto tardará en olvidársele, cómo sacar un clavo con otro clavo. De modo que la gente expía su rabia de maneras tan variadas como inanes y narcisistas, ya sea en redes sociales, en manifestaciones o votando como si estuviera lanzando un rayo desde el cielo.
En resumidas cuentas, importa más fingir que se hace que hacer, la impresión psicológica causada en el otro o en uno mismo que escudriñar los fundamentos de nuestras decisiones. Somos ese empleado que en la oficina siempre va agitado de un lado a otro y todos sabemos que no hace nada. Somos patinadores que apenas rayan livianos la capa de hielo bajo la cual están las tinieblas que no quieren mirar. Por eso nada cambia —o todo cambia, según se mire—.
No es que un servidor esté en contra de la diversión o de las manifestaciones, pero hasta el ocio y la fiesta merecen ser tomados en serio, por eso deben escapar de ser convertidos en relatos. Lo que parece una buena idea resulta ser una broma, y con el tiempo la broma resulta ser una triste mascarada.
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