La insolencia de Mr. Increíble

La insolencia de Mr. Increíble

«¿Qué corazón humano se negará a disculpar a las mujeres que se suicidaron para evitar un ultraje de esta clase? […] Aquella Lucrecia mató a una Lucrecia inocente, casta y, para colmo, víctima de la violencia».

San Agustín de Hipona — La ciudad de Dios

Es fascinante y terrible revisitar algunas escenas de la cultura pop y ver cómo nos hablan y cobran un significado especial conforme pasan los años.

Con la reciente eutanasia de una chica llamada Noelia, una de esas vidas anónimas que por alguna razón salen a la esfera mediática, la sociedad traspasa una frontera más en las ideas que la moldean y conducen.

A colación de esto, un usuario de X recordaba las intervenciones de Superman en algunas tiras cómicas de los años 30, 80 y 2000 donde salvaba a algunos suicidas o los disuadía mediante la palabra. Envuelto en códigos culturales, Superman representa la virtud y la esperanza, nos recuerda cómo el poder de la palabra —y no el de volar o tener una fuerza sobrehumana— puede salvar vidas al tiempo que, implícitamente, se considera el suicidio como un acto intrínsecamente equivocado. Esta observación, a su vez, me trajo a la memoria otra escena de superhéroes:

Estamos en el nefando año 2004, año de estreno de Los Increíbles. La película abre con una mala racha de contratiempos que sufre Mr. Increíble. Entre ellos, se enfrenta a la disparatada demanda de un hombre que es salvado del suicidio. «You didn’t save my life, you ruined my death» es la ingeniosa y poderosísima frase que le espeta el superviviente al protagonista en el doblaje original.

No, no voy a sostener que los guionistas de la película sean unos apologistas del suicidio, pero es innegable que en esta escena se manifiesta con comicidad la larva de lo que desde hace años se ha venido fraguando. Con la administración de la muerte a esta joven se da un paso más la consumación de lo que ya no es un guión inocente, cómico, hiperbólico ni disparatado, sino el fracaso real de una sociedad y su cultura.

Al igual que en otros debates morales como el aborto, lo que empieza siento una medida aparentemente moderada, excepcional, reservada para casos extremos, particulares y muy restringidos, inevitablemente abre las compuertas de una nueva antropología que explica que al aprobarse la ley en 1985 se practicaran 9 abortos, al año siguiente 467 y en que en las últimas dos décadas el número oscile en torno a los 100.000 frente a los 300.000 nacimientos que viene rondando el histórico en los últimos años. Es decir, la consideración del aborto se ha vuelto tal que hay un 25% de probabilidades de que un niño nunca llegue a nacer; el feto apenas es, en palabras de Simone de Beauvoir, un pólipo que engorda dentro de la madre.

De manera análoga parece que está ocurriendo con la eutanasia, que naturalmente también refleja una tendencia al alza en países como Bélgica, Países Bajos, Canadá o España. En nuestro panorama político, desde aquellos que se supone que tienen mayor sensibilidad por lo social, como Podemos o Sumar, hasta aquellos que dicen ser custodios de nuestras raíces, como alguna musa de los liberales y «conservadores» a la que le falta una mitra o una boina roja en sus pregones navideños, todos ellos defienden esta idea torcida y deforme de la libertad, por la cual no solo estamos automáticamente inhabilitados para entrometernos en las intenciones de alguien de quitarse la vida, sino que el Estado tiene el deber de facilitarles la muerte. La casuística en seguida expone a estos defensores a una serie de aporías de las que se desembarazan con una pasmosa arbitrariedad.

No hay que sorprenderse, pues, si ante casos como el de esta pobre chica vemos cómo aflora en la sociedad una narrativa, una jurisprudencia, un imaginario, unos precedentes y unas ideas que, insisto, redefinen qué es el hombre, qué es la dignidad y qué es la libertad. Dichas ideas permanecerán latentes e inofensivas en las conciencias contemporáneas, pero brotarán como un herpes en sus mentes cuando uno atraviese una depresión, una minusvalía, una enfermedad o cuando un anciano no pueda limpiarse el culo, y se sientan conminados por todos estos agentes a quitarse de en medio, pues en sus conciencias pesarán las ideas de que son una carga para sus familiares, que la única respuesta al sufrimiento es darle la espalda, que su vida carece de sentido, y no cabe esperar nada de ella. En este Estado tan cacareadamente neutral, imparcial y plural, ideas como la dignidad ontológica de la persona deben someterse a escrutinio, pues apestan a incienso.

Como apuntaba la reflexión sobre Superman, impedir hoy un acto de suicidio está un poco más cerca de ser considerado una manipulación, una insolencia, una intromisión en la libertad de la persona (si es que cabe hablar de libertad) e incluso un acto desconsiderado, pues —dicen— es tan fácil como frívolo pronunciarse contra la eutanasia sin tener que litigar diariamente con los fantasmas que acosan la mente de uno. ¿Qué le dirían a Viktor Frankl cuando disuadía del suicidio a sus compañeros en Auschwitz?

Una buena parte de la sociedad tiene una cita pendiente con la contradicción por la cual, a la vez se le llena la boca con la salud mental, que pone impuestos al azúcar, que prohibe fumar en terrazas, a la vez que se manifestaba por el sacrificio del perro Excalibur en 2014 y a la vez que en 2021 prohibía los funerales y colgaba en los tanatorios carteles que prohibían darse besos y abrazos, a la vez que hace todo eso en nombre de la vida y la salud, le niega la esperanza y le cierra el horizonte a una joven que decide terminar con su vida.

Dentro de la innumerable literatura periodística que se está produciendo estos días, sirva este modesto y anónimo blog para añadir un granito de arena y afirmar que éste es el camino equivocado.

1 Comment
  • María Sánchez
    Posted at 10:47h, 30 marzo Responder

    Que buenísimo gracias

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