De lo zafio y lo popular

De lo zafio y lo popular

«Por lo que a mí toca, nunca oigo hablar de revolución sin recordar la conversación que Chesterton nos cuenta que tuvo con un tabernero de Calais al desembarcar en Francia. Este último se lamentaba amargamente de la dureza de la vida y de la falta cada vez mayor de libertad: «Es lamentable, concluía, haber hecho tres revoluciones para volver a caer siempre al mismo lugar». Y Chesterton le contesta que una revolución, en el sentido propio del término, es el movimiento de un móvil que recorre una curva cerrada y vuelve así al punto de partida…»

Igor Stravinsky

Quizá es pronto para empezar a repetirme pero, de hecho, lo estoy haciendo. En este blog ya he publicado otras entradas hablando de la entronización de la vulgaridad, entendida no como lo popular, sino como lo zafio, y parece que vuelve a ser oportuno a raíz de algunas reacciones que se están viendo tras la actuación de Bad Bunny en la Super Bowl.

Quizá sea precisamente por la injusta evolución del término vulgar que en el marco estético contemporáneo muchas veces tendemos a identificar lo popular, lo procedente del pueblo o destinado al pueblo (como la Vulgata) con lo soez y lo chabacano como si fueran una y la misma cosa. Así, por ejemplo, una serie de televisión popular como La que se avecina es la que representa al bloque de vecinos como un agregado de gente sórdida, llena de mezquindad, chabacanería y bajos instintos.

Muchos hispanistas despistados quieren hacer del reggaetón de Bad Bunny el caballo de Troya de la Hispanidad, el embajador de la lengua española ante el mundo, la antítesis de la hegemonía cultural de los Estados Unidos, la «alegría» del mundo latino frente al puritanismo anglosajón, como si Bad Bunny fuera una especie de Epicuro caribeño. Hace tiempo Santiago Armesilla llegó a decir en un delirante tuit —y tengo que copiarlo textualmente porque no tiene desperdicio—: «Para el católico, el cuerpo es la idea con que el alma se piensa a sí misma. El culo forma parte de esa idea de cuerpo. Exponerlo con alegría al ritmo de una música hispana que se ha impuesto universalmente, aún con sus claroscuros, es un golpe al puritanismo anglo». Vamos, que ríete tú del Concilio de Trento.

La empresa es legítima y diría que hasta necesaria. Sin embargo, tal vez sería mejor tener otras alforjas en este viaje. Es curioso que de todo el gigantesco crisol de géneros musicales de Iberoamérica (el tango, la bossa-nova, la samba, el latin-jazz, la habanera, la milonga, los boleros, el mambo, la rumba, el merengue, la bachata, las rancheras, el vallenato, etcétera) el que se haya escogido como más representativo sea el reggaetón, ahora cruzado con el trap (de origen estadounidense, por cierto). Me inclino a pensar que más bien se ha tratado de una maniobra retrospectiva: que se ha elegido este género y estos artistas porque han alcanzado el éxito y no porque sean especialmente fieles representantes de una supuesta «Hispanidad». Que se ha elegido, en definitiva, porque era lo que estaba más a mano para esa dialéctica cultural entre lo hispano y lo angloamericano.

Es cierto que se hacen muchos reproches injustos al reggaetón o, por ser más precisos, a la música de Bad Bunny. Los hay quienes pretendiendo burlarse de la dicción del cantante se llevan por delante el acento boricua, algo tan cateto como burlarse del acento andaluz. También hay quienes critican el carácter repetitivo del reggaetón sin darse cuenta de que así estarían impugnando toda la música popular y la industrial (desde una folía renacentista hasta el blues, pasando por el pop o el minimalismo). Aunque, ya puestos, no estaría mal una conversación para desmitificar ciertos artistas encumbrados por el esnobismo, pues de aquellos polvos estos lodos.

Un servidor cree que sería un error criticar esta música por los rasgos que tienen de populares, es decir, por reflejar acentos locales o esquemas musicales sencillos. De hecho, Bad Bunny acierta cuando, consciente de su relevancia, reivindica que América es mucho más que los Estados Unidos o cuando produce un documental —El apagón— denunciando la situación de los puertorriqueños.

Pero a pesar de estos y otros aciertos de su música, lejos de ser revolucionario, su mensaje en muchos aspectos es estéril (de ahí la cita inicial de Stravinsky), y ese es probablemente su peor error como artista. Un error compartido por tantos otros hijos de su tiempo que han perdido cualquier noción común sobre la belleza y el propósito del arte.

Así, su música, que por venir «desde abajo» muestra elementos marginales, teniendo la oportunidad de convertirse en un canto contra la injusticia, apenas termina siendo una apología de la marginalidad y la lumpenización a través de las palabras elegidas, de la sintaxis, de los escenarios de los videoclips, de la forma de vestir. Un arte abierto a la trascendencia pondría los pies en su propia marginalidad para mirar más allá de ella; un arte que reivindica la marginalidad en cambio sólo propone estetizarla para meter la cabeza en el culo y mantener el statu quo. El único aditamento que es capaz de añadir a esa marginalidad es el bling-bling. Por eso su música muchas veces, más que de protesta, es de apología, inscrita en el indentitarismo posmoderno donde nada importan las nociones de bueno o bello.

Ocurre algo similar respecto al papel de la mujer en sus videoclips cuando se confunde lo erótico con lo pornográfico, cosa, por cierto, absolutamente transversal en esta industria desde hace décadas. Mientras en lo erótico la mujer conserva su individualidad, en lo pornográfico se agota en su corporalidad, sin necesidad de trascenderla; la mujer sólo es un medio. Consecuentemente, en sus videoclips la mujer suele aparecer representada bien en masa en torno al hombre o bien fragmentada en planos recurso (culos, piernas, pechos…), mientras se pierde el énfasis en los primeros planos que puedan mostrar su cara (no por casualidad la etimología de «persona» está tan relacionada con el rostro). Si su producción es un arte de vuelo gallináceo no es precisamente por su éxito, ni por venir «de abajo», sino por esa cada vez más menguante distancia entre lo representado y lo que se quiere representar, como la que hay entre el twerking y el acto de follar, o en frases como «mi bicho está cabrón». ¿No habrá un término medio entre bailar un minueto con las pelucas empolvadas y arrimar la cebolleta semidesnudo?

Si el arte es belleza, representación y fantasía, la primitiva literalidad de este tipo de artistas es su negación, una negación que funciona gracias a la noción de arte que pretende pisotear, como una hiedra que termina ahogando al árbol sobre el que ha trepado. Alegóricamente, estamos ante una música donde cada vez tiene menos peso la armonía, esa catedral de la música occidental.

Y no es que haya que impugnar todo el reggaetón o el trap, o que no tengan su razón de ser en la cultura —cosa que también hemos tratado anteriormente—. Tampoco comparto el ensañamiento resentido e infundado contra Bad Bunny (aquí se ha intentado hacer lo contrario). Simplemente creo que debería replantearse su consideración, al menos, como emblema de la Hispanidad. ¿Merece la pena hacer de Bad Bunny un bastión de tal causa? ¿Hemos retrocedido tantos pasos en nuestra cultura y en nuestro orgullo que aceptamos que es lo mejor que el legado español puede ofrecer al mundo (como con la candidatura de Chanel a Eurovisión)?

A los críticos con este tipo de música suelen llamarlos clasistas. Sin embargo, plantéese del siguiente modo: ¿no son más clasistas todos esos agentes culturales (sellos, artistas, letristas, guionistas, directores, agencias) que, haciendo pasar por popular una música que nace de forma artificiosa en estudios de grabación, ofrecen al pueblo la denigrada proyección de lo que ellos creen que es el pueblo? Como dijo David Cerdá en un artículo, sólo quien cree que el pueblo es zafio ofrece zafiedad al pueblo.

1 Comment
  • María Sánchez
    Posted at 22:31h, 10 febrero Responder

    🙌 genial

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