07 Ene Cómo se forma una opinión
En el ámbito educativo ha cundido mucho la idea de educar «en valores», reemplazando lo que otrora fuera educar en virtudes. Así que, pese a la tan cacareada empatía, el tan celebrado pensamiento crítico, el diálogo, etcétera, asistimos muchas veces a espectáculos grotescos donde faltan, por ejemplo, la justicia o la prudencia, sin las cuales todo lo demás, aunque esté muy bien, se desmorona como un castillo de naipes.
Estos días estamos asistiendo al vómito masivo de opiniones sobre el arresto de Nicolás Maduro por parte del gobierno de los Estados Unidos. Mi teoría, pensada y escrita a vuelapluma y expuesta en esta entrada, es que la gente va acomodando paulatinamente su opinión sobre un tema conforme va cambiando masivamente la opinión del segmento ideológico al que pertenece. Cuando ocurre un hecho complejo y relevante como éste, hay un lapso de tiempo en que la opinión de la gente es nebulosa e indecisa (lo que es normal cuando no tienes ni idea) hasta que poco a poco sus popes le van revelando lo que debe pensar. Las primeras opiniones tienen algo de virginal que, aunque puedan ser estúpidas y absurdas, por lo menos podemos asegurar que no están tan emponzoñadas como las sucesivas. Pondré un ejemplo:
La mañana donde supimos por primera vez sobre el arresto, un famoso tuitero de derechas (sea lo que sea eso) decía: «Sí, pero no. Algo me dice que así no». Debajo del tuit empezaron a aparecer numerosos comentarios desaprobando el recelo con el que esta persona miraba la operación de los Estados Unidos que ha derrocado a un hombre que hacía mucho que debía estar fuera del poder. Comentarios, en principio, de gente que le seguía, es decir, con la que cabe esperar afinidad ideológica. Lo que ocurrió en las siguientes horas y días fue que los tuits de este hombre fueron enterrando esa primera opinión prudencial y potenciando la opinión que se iba imponiendo en el entorno de la derecha: que había que celebrar sin reservas la captura de Maduro. No era tanto renegar explícitamente de la primera opinión, sino maniobrar para encajar en la ortodoxia.
Por el contrario, en la izquierda (sea lo que sea eso) la opinión ortodoxa era que el secuestro del presidente suponía un acto imperialista y despótico contra la soberanía del pueblo de Venezuela.
Luego estaban los propios venezolanos que, celebrando la caída del dictador decían: «¡No opines si no eres venezolano, porque no tienes ni idea!». (Evidentemente los que no debían opinar eran los de izquierdas, porque la opinión de alguien de derechas que nunca ha pisado Venezuela merece ser considerada y refrendada si coincide con la de los venezolanos). Entonces, en respuesta, se fue imponiendo la siguiente contestación entre los opinadores de izquierdas: «¿por qué no voy a poder opinar yo de tu país cuando tú, exiliado, llevas años sembrando el pánico en España diciendo que nuestro país se iba a convertir en Venezuela si no votábamos a la ultraderecha?». Claro que, para alguien de izquierdas, este argumento puede ser comprometedor, porque ¿puede opinar alguien del aborto sin ser mujer?, ¿puede opinar de la inmigración sin ser inmigrante?
Por otra parte, entre la derecha ya se había terminado de imponer el relato de que había que aceptar sin reservas la intervención de los Estados Unidos. Así, he podido leer tuits de gente de derechas como: «Feliz día del: no me gusta Maduro PERO». Es decir, que construir una frase con esta sintaxis equivaldría a ser un turbosocialista bolivariano recalcitrante. Sin embargo, para alguien de derechas, este argumento también puede ser comprometedor, porque en la atmósfera de la derecha circulan argumentos del tipo «no soy machista, pero…», «no tengo nada en contra de los gays, pero…». Y nótese cómo la primera parte de la frase sirve como peaje, como solicitud de permiso a tal o cual sector ideológico para formular una oración adversativa.
Y, a la vez que ocurría todo esto, las declaraciones de Trump hacen bailar a los generadores de opinión de todos los sectores de la población: a los de derechas cuando en las ruedas de prensa no ha hablado de democracia ni libertad, sino de petróleo y de Groenlandia. A los de izquierdas, que se relajaron cuando designó a Delcy Rodríguez como garante de la transición. A los venezolanos cuando han visto que el camino a la libertad no va a ser (si es que llega a ser) como ellos imaginaban. Y mientras tanto, Pablo Iglesias subía un vídeo con el corte en la frente de las gafas de esquí, interrumpiendo sus ocios de nuevo rico para mostrar su consternación, y Cayetana Álvarez de Toledo tuiteaba con soberbia que la opinión de Trump sobre María Corina Machado es «manifiestamente falsa», como si estuviera siendo artífice en algo de todo esto.
Nadie sabe qué pasará en los próximos días y meses. Lo que es fácilmente predecible es que todos estos sectores de opinión, de izquierda a derecha, al no poder recular tras sus taxativos posicionamientos y herido su orgullo, irán añadiendo adendas a sus primeros argumentos conforme vayan discurriendo las maniobras políticas. Cambiar de opinión y perfeccionar un juicio no es malo, pero irá muy lastrado cuando está fundado en unas primeras opiniones donde se mezclaban la ignorancia, la ingenuidad y la precipitación.
Es inevitable remontarse a la pandemia de 2020 donde ocurrió algo similar: las vicisitudes fueron tales que, uno no sabe cómo, ponerse la mascarilla era ser de izquierdas y quitársela era ser de derechas. ¡Para contárselo a nuestros nietos! Y lo peor es que, muy probablemente, los políticos legislaron conforme a esas expectativas que se habían ido imponiendo de manera más o menos arbitraria en la opinión pública. Un famoso presentador dijo allá por febrero de 2020 algo así como que estábamos dejando de hablar de las cosas importantes del país por un virus que había infectado —decía sarcásticamente— al 0,002% de la población mundial. Ni que decir tiene que a las pocas semanas borró este tuit y tuvo el cuajo de criticar la negligencia de los gobiernos que no actuaron a tiempo. Con ese cinismo nos comportamos al opinar.
Es patético pero a la vez divertido ver cómo nos metemos en atolladeros y nos dejamos en evidencia por opinar rápido y mal. La realidad no se deja atrapar sin matices, y menos cuando se trata de asuntos políticos o morales, pero se nos ‘exige’ posicionarnos de forma categórica y tener formada una opinión de inmediato. Y no es que no se puedan hacer juicios taxativos, pero hacerlos debería ser más un lujo de unas pocas mentes que una norma de nuestra zafiedad.
La cantidad de medios de comunicación, la conectividad, la instantaneidad, y ahora la inteligencia artificial suponen un enorme desafío epistémico para todos, qué duda cabe. No me malinterpreten. Creo que, aunque la opinión sea una degradación del conocimiento verdadero y el juicio recto, es mejor que la gente esté deseosa por opinar y tomar parte en la vida pública que la indiferencia. Por eso hablaba de las virtudes al principio: servirnos de la prudencia para reconocernos ignorantes y no emitir juicios precipitados tal como demandan las redes sociales, la justicia para defender la verdad por encima de las disputas ideológicas, la fortaleza para soportar el ataque de los enemigos e incluso el abandono de los correligionarios, la templanza a la hora de mostrar ira o vehemencia en nuestras opiniones.
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