30 Nov El calor del invierno
«Gracias a Dios hoy he tenido sol toda la tarde, he visto la sierra que estaba hermosa, y esto quiere decir que he aprovechado mi tiempo, ya era hora.»
Joaquín Sorolla
Desde hace varios años vengo experimentando un curioso cambio: tolero mejor el frío que el calor. Aborrecía sentir mi cuerpo anquilosado por el frío, detestaba el invierno con su viento gélido, celebraba las piscinas caldosas y el bochorno de agosto, pero hete aquí que en los últimos años la balanza se ha equilibrado tirando más hacia el frío. Lo primero que pensé cuando observé esto es que podría tratarse de una cuestión metabólica, pero es posible que no sea simplemente eso.
Cada vez se hace más breve en la memoria el tiempo en que el calendario escolar hacía que el verano estuviera tan felizmente acompasado con la amistad, con el césped que arrancaba mientras charlábamos en las toallas, las largas tardes y, años después, los amaneceres después de las fiestas. Ahora aquél vive en Asturias, aquel otro anda perdido en Asia, y el otro en Ceuta, aquélla vendió la casa que la vio crecer, éste la alquiló, unos tenemos hijos, otros no, otros están solteros, unos tienen horario de mañana, otros de tarde, aquel amigo se coge tales semanas de vacaciones, pero el nuestro amigo común se coge tales otras. Con Heráclito me pregunto: ¿qué queda del río donde me bañaba entonces?
Hombres y mujeres no queremos resignarnos a olvidar todo lo que querríamos seguir amando como entonces, y es ahí cuando un servidor descubre que el invierno se ha convertido en su verano. Pues si nuestras vidas nos van disgregando, la Navidad llega para volver a congregarnos a través de nuestras familias, pues pertenecemos a aquella mesa a la que volvemos esas dos semanas; y es sorprendente observar cómo de alguna manera el misterio de la Navidad resuena en sus epifenómenos.
Sí, el invierno es como el nuevo verano: el calor del sol se ha disfrazado en las chimeneas, braseros y estufas. El abigarramiento de la ropa estival ahora se deja ver en las luces y los espurios escaparates. Los botellones a la intemperie de entonces se han transformado en la algarabía de las sobremesas donde jugamos a ser lo que fuimos. Las largas tardes de verano se han transformado en las largas sombras del invierno, donde el sol vuela bajo como si cada día fuera una tarde perpetua que nos precipita a la melancolía.
En efecto, cada época del año tiene su luz, y tal vez ésta sea la más especial. No es igual que meses atrás. Hoy salí al camino a ver los últimos rayos del candilazo; suenan en mis oídos Scriabin, Kapustin, Granados, Respighi, Fauré. En julio y agosto el sol se esconde justo tras las montañas al noroeste, pero en los meses fríos se pone más al sur, descubriéndomelas azules y violetas. No hay calima, el horizonte se ve nítido, sereno, solemne; algunos picos ya lucen cubiertos de nieve. Irregulares, tintinean en delgadas líneas las luces de los pueblos lejanos. Se ven cinco o seis aviones que dejan una estela naranja tras de sí, alejándose alegóricamente unos de otros de la intersección que me ha permitido verlos en un vistazo. Los pequeños brotes de cebada empiezan a asomar tras la siembra de hace unas semanas. Todavía quedan aceitunas moradas colgadas de los olivos. Se dejan ver petirrojos, colirrojos tizones, e incluso alguna lavandera blanca. Bandadas en forma de flecha cruzan el cielo: ha llegado el frío.
La luz del invierno es diferente, pero también el tacto, el aire, su densidad, los olores, la impresión que crean. Los rayos que antes nos golpeaban ahora acarician la piel entumecida. Ya empieza a oler a leña al pasar cerca de las casas, el humo asciende con espesor desde las chimeneas, el vaho emerge de las bufandas, las gafas se empañan.
Y de repente, la Belleza se manifiesta y uno se reconcilia con el mundo. ¿Cuánto ha durado esta epifanía? Os confieso que a veces me derramaría hasta confundirme en todo esto que veo; habitaría entre las notas de la música que suena, en las ondas de luz que se reflejan en el ladrillo de las casas, en las lindes de los cultivos. Me emborracho más con una obra de arte que con una copa de vino. Guardaría este instante en un frasco y os lo entregaría para compartir este breve haz de alegría.
¿Será esto un deleite tosco y vulgar? Oí decir que la sublimación paisajística encierra algo de misantropía, cuando no panteísmo. Lejos de todo ello, creo que este apego telúrico que me embarga es algo genuinamente civilizatorio, ésta es la tierra desde la que quiero mirar al cielo.
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