¿De quién es la ciudad?

¿De quién es la ciudad?

La semana pasada fueron las Fiestas de Toledo, las Fiestas de la Virgen del Sagrario, y fuimos a ver el desfile de gigantones y cabezudos. Para ver el desfile nos refugiamos en la entrada a un comercio; en seguida empezó a brotar la música desde lo lejos.

He de decir que nunca he sido muy dado a acudir a este tipo de fiestas, porque no me gustan las esperas ni las aglomeraciones. Tal vez por eso me desconcertó que entre la música del desfile hubiera una batucada y que las charangas interpretaran con megáfono en mano canciones de El Canto del Loco, dicho sea sin acritud hacia estas asociaciones. «Sé prudente —me dije—, porque en estas cosas siempre hay mucha hibridación y confluencias», pero seguía sin entender el repertorio o la ausencia de trajes regionales. ¿Por qué tocar la música que ya nos llega por muchos otros sitios y que no tiene nada que ver con las fiestas? Para terminar tocando Daddy Yankee, ¿qué diferencia hay entre estas fiestas y las de cualquier pueblo? «Bueno, si no participas en estas cosas, te jodes y te callas —me dije de nuevo—. Porque para eso han estado ensayando los músicos y para eso se involucran, a diferencia de ti». Y con estos pensamientos creo que dejé honesta y prudentemente zanjada la cuestión.

De pronto me di cuenta de dónde estábamos refugiados para ver el desfile: Marciano, una sombrerería que lleva varios años cerrada. Tras el escaparate, sombreros y gorras cubiertos de polvo, todavía con los precios, moscas muertas al pie del cristal y una puerta con carteles pegados de la Virgen de la Soledad. En frente hay un Starbucks, impoluto y con los letreros a pleno rendimiento (véase la alegórica imagen de portada de esta entrada). ¿Se imagina el lector ese cartel en la puerta del establecimiento? Yo tampoco: ¿por qué una franquicia cosmopolita tendría que tener ningún vestigio local en sus cristales?

Después de aquello me fijé en los comercios de la Calle Ancha. No diré que la mayoría son franquicias, porque lo doy por supuesto; diré que la mayoría son tiendas absurdas e inanes (aunque seguro que es cosa mía, pues ¡el mercado nunca se equivoca!): por una carnicería que encuentro en esa calle, encuentro tiendas de espadas y dagas, otras de imanes de flamencas y fundas de pasaporte, el Starbucks, el Llao Llao, un Ale-Hop, un La Casa de las Carcasas… Aparte de muchas tiendas de ropa, hostelería y hoteles. Es cierto que en esa calle he contado al menos una farmacia, una papelería, una carnicería y una librería, como también es cierto que para encontrar una pescadería, un supermercado o una ferretería hay que callejear.

Pero en un centro de ciudad cada vez más despoblado de vecinos, ¿quién prefiere una modista o una tintorería antes que quince tiendas de ropa? ¿Quién prefiere una carnicería antes que pedir un montado de jamón en una tienda de degustación? ¿Quién prefiere una ferretería antes que una tienda de navajas? El turista prefiere que el corazón de la ciudad esté lleno de franquicias donde comer guarrerías, restaurantes mediocres, tiendas donde comprar un yelmo o una espada (el outfit habitual del toledano) o museos de instrumentos de tortura tan intimidantes como faltos de rigor.

Los comercios útiles no tienen competencia, al vecino le ponen impedimentos para reformar las viejas casas, que poco a poco se vuelven inhabitables (pues hay zonas donde ni siquiera llega el gas natural), le suben el precio de la plaza del garaje, los alquileres se disparan a precios demenciales, el hombre mayor abandona los edificios donde no se pueden poner ascensores, los colegios van cerrando líneas ante la falta de niños. El vecino tiene que vérselas para conseguir una licencia para pintar una fachada para respetar la estética y el patrimonio, mientras el McDonald’s no tiene obligación de, qué sé yo, poner su letrero con letras góticas. Vivir se vuelve incómodo.

Al final sólo quedarán viviendas viejas y húmedas pero, eso sí, muy pintorescas, donde sólo estará dispuesto a pernoctar el turista que viene para una o dos noches, después de haber profanado las iglesias con sus esperpénticos atuendos y tirado basura en la ladera del valle; conductas esperables de quien no le debe nada al lugar donde pisa. Y ocurrirá como en esos países tercermundistas donde los lugareños son expulsados de los lugares más bellos con todas las de la ley para crear un parque temático para esos turistas que se recrean cínica y voluptuosamente en la decadencia de los lugares, confundiéndola con la autenticidad y las raíces. Pero no hay raíces donde no hay vecinos, ni hay raíces cuando uno es extranjero en su tierra. Y, como leí hace tiempo a Julio Llorente, los lugares bellos se erigieron no como reclamo para ser visitados, sino para ennoblecer y hacer más bello el día a día de quienes allí viven. ¿Quién haría una obra hermosa para un lugar del que se va a marchar al día siguiente?

Buscando información sobre aquella sombrerería para escribir estas líneas leí en un foro a una mujer que se quejaba de que la tienda cerrada daba muy mala imagen y el ayuntamiento no debería permitirlo. Yo discrepo: igual que su cochambroso río, cuyo caudal desaparece ante la indolencia de la población, esa tienda debe estar ahí para oprobio de todos los que dejan morir a una ciudad, una ciudad que está dejando de ser para sus vecinos, que ha decidido que quiere ser un arrabal turístico de la capital.

1 Comment
  • perez reyes
    Posted at 09:51h, 20 agosto Responder

    I completely agree with your comments!

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