El piano de mi abuela

El piano de mi abuela

«Dentro del orden temporal hay una cierta belleza relativa en los seres, que aparecen y desaparecen. Así, los que perecen o dejan de ser no desfiguran o perturban la medida, la belleza y orden del conjunto o universales. Sucede aquí lo mismo que en un discurso bien compuesto y elegante, cuya belleza resulta de la sucesión armoniosa de las sílabas y de los sonidos que se van produciendo y desvaneciendo.»
—San Agustín de Hipona, La naturaleza del bien, VIII.

Mis complicados horarios demoraron la cita, que tuve que cambiar varias veces, pero ansiaba que llegara ese día y por fin llegó: el día en que el afinador —tocayo mío— vino a casa a poner a punto el piano.

No se trata de un piano cualquiera, sino del piano que hace ya —demasiados— años heredé de mi abuela. El número de serie revela, sin embargo, que ese piano existió casi veinte años antes de que ella viniera al mundo, porque está fechado… ¡en 1904! El piano nació en Barcelona a comienzos del siglo XX en los talleres de la familia Chassaigne, y antes de que cayera en manos de mi abuela debió tener otros dueños, tras los cuales fue adquirido en Madrid para acabar por muchos años en Campo de Criptana. En esas décadas Chassaigne Frères se posicionaría como uno de los mayores fabricantes de pianos en España hasta su quiebra en los años 60 tras el incendio de sus talleres.

¡Cuántas cosas se vienen a la mente al tocar un piano de 120 años cuando son tus dedos los que hacen emerger la música desde sus entrañas y cuando uno ha pasado largos ratos acariciando y mirando embelesado el instrumento! Unas marcas delatan que, en su momento, el piano tuvo dos candelabros sujetos a unas ventanas ciegas en la tapa; en la España de aquellos años no debía ser habitual tener luz eléctrica en casa. La sola idea de que los pianos dispusieran de candelabros es hermosa y cautivadora, como si tuvieran encomendado encantar las noches con la magia de las melodías. ¿Cuánta cera se habrá derramado en veladas alrededor de ese piano? ¿Cuánta gente se habrá conmovido mientras las mechas se consumían? A diferencia de los pianos actuales, la madera maciza luce veteada con un brillo mate, y está tallada con pilastras, volutas y motivos vegetales a los lados. En mi casa el piano está rodeado por una librería de diseño moderno hecha en melamina, y no puedo dejar de ver en tal disposición mobiliaria una especie de dialéctica que revela el signo de los tiempos: el tallado manual frente a la uniformidad aséptica, el veteado de la madera natural frente al veteado sintético de algo que quisiera ser otra cosa, el bajo coste de la melamina y la pérdida de poder adquisitivo de las clases medias, la aspiración a lo duradero frente a la aspiración a lo funcional.

Como si de un anciano se tratara, la maquinaria está algo resentida en algunas teclas, la madera tiene alguna herida de los transportes, el pedal hace algo de ruido, las teclas de marfil que otrora fueron blancas ahora lucen algo amarillentas… pero cuando se le pide, cuando se le habla, cuando se le pregunta, responde todavía con gracilidad, con la profundidad severa de las cuerdas graves y con el fulgor de las agudas, porque el reúma y los achaques de este viejo no están reñidos con la lucidez de su mente, como ocurriera con la abuela de un servidor y dueña del piano, que lo tocó hasta sus últimos días.

Pero este piano, además, guarda sus secretos. Debajo de una de sus teclas se puede leer el día, mes y año en que fue fabricado, y además descubrimos que un afinador asiduo se dedicó a firmar con lápiz la tecla por su cara interior cada vez que lo trabajó, como quien hubiera dejado las coordenadas de un tesoro escondido: Criptana 1933, 1934, 1934, 1939, 1940, 1941, 1942… Viendo los años parece que, felizmente, aquel afinador sobrevivió a ese trágico hueco entre el 34 y el 39.

Recuerdo con ternura que uno de los últimos afinadores que pasó por su casa le reescribió el repertorio en letra grande para que pudiera leerlo, y a cambio le hizo prometer a mi abuela que tocaría esas canciones todos los días. En ese repertorio había habaneras, tangos, jotas, chotis, boleros, alguna que otra banda sonora y pieza clásica; canciones la mayoría que, sin hacer un sondeo, me atrevería a decir que son desconocidas para la gente de cuarenta para abajo, en parte por su el desdén hacia la tradición y la música propia, y en parte por la crueldad con que el tiempo engulle las modas para dejar crecer otras nuevas que el día menos pensado, ingenuas, serán pasto de su voracidad inmisericorde.

Y tal como el tiempo mudó las modas, así ha ido mudando a la gente que se ha sentado frente al piano. Si un día hubo fotos de mis abuelos y sus padres sobre la tapa, hoy hay una foto del bautizo de su bisnieto. Y si un día mi abuela tocó Mozart en ese piano, hoy su bisnieto, sostenido por su abuelo, aporrea curioso y entusiasmado las teclas, teclas manchadas de historia; que fueron colocadas en una Barcelona donde todavía podríamos habernos cruzado con Albéniz, con mi querido Enrique Granados, o donde Federico Mompou habría celebrado su 12º cumpleaños (Mompou tenía un Chassaigne Frères, por cierto). Un piano testigo de la Semana Trágica, que escuchó partes radiofónicos de las dos Guerras Mundiales, disparos y bombas en la Guerra Civil, que vivió dictaduras y democracias, que vio desmoronarse y reconstruirse Europa, pero que también ha protagonizado las reuniones navideñas donde nos juntábamos alrededor de mi abuela para cantar; que quizá haya escuchado la voz de Sara Montiel, con quien mantenía cierta amistad. Un piano que ha dado forma a mi infancia y a la de mis tíos y mis primos; cada vez que iba al pueblo me ponía a tocar hasta que alguien me llamaba la atención por las horas: en ese piano empecé a aprender las primeras melodías.

Afinar el piano ha significado resucitar el instrumento, y con él los recuerdos que atesora. Yo, comedido por fuera para no asustar al afinador, estaba exultante por dentro, como si hubiera presenciado un milagro al ver curada la espantosa desafinación. Para celebrar el acontecimiento desempolvé los Valses poéticos de Granados y el Tango de Albéniz; también algo de Debussy y, cómo no, Chopin. Pero es al tocar las canciones populares que tocaba mi abuela cuando me incardino en el tiempo, como una sílaba en el discurso de la contingencia, cuando se releva la antorcha y tiendo una mano al eslabón que me antecedió y la otra a quienes me sucederán, cuando mi cuerpo permanece en casa y mi espíritu regresa a las reuniones donde aún no echaba de menos a nadie. Una vez más la música, para sorpresa de nadie, nos revela las cosas fundamentales de nuestra vida.

Quiero agradecer a Pepe Moltó su trabajo afinando este piano, gracias a lo cual he podido escribir estas palabras.

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2 Comments
  • Pati
    Posted at 21:46h, 03 julio Responder

    Qué bonito, Pepe. Qué belleza. Qué grande era la abuela Conchita.
    Qué ganas de escucharte al piano de tu abuela ❤️

  • Maria Sánchez
    Posted at 14:42h, 05 julio Responder

    Impresionante historia , muy bien redactada apasionante, vibrante, enhorabuena 🎈.

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