Elogio de la pirotecnia

Elogio de la pirotecnia

«El hombre al meter el calor en un tubo creyó haber resuelto el problema pero, en realidad, no hizo sino crearlo porque era inconcebible un fuego sin humo y de esta manera la comunidad se había roto.»

Miguel Delibes — La hoja roja

Quienes me conocen bien saben que hace muchos años —¡demasiados!— yo era un chaval apasionado por la música, pero también por la química, y más concretamente por su vertiente más explosiva. No tardé mucho en ganarme la fama de dinamitero en el colegio y aún menos en el vecindario. Sin embargo, tampoco tardé mucho en darme cuenta de que yo no quería quedarme en la chiquillada, en el gusanillo de poner un petardo por hacer la gamberrada: yo quería ir más allá. Y si primero empecé tirando petardos, luego me dedicaba a abrirlos para juntar la pólvora en un recipiente más grande. Y luego me pregunté: ¿cómo se hace la pólvora? Y devoré vídeos, foros y libros de química y experimentos, y descubrí el apasionante mundo de los oxidantes y reductores: el nitrato de potasio, el azufre, el sorbitol, el carbón, el azufre, el clorato de potasio… Y cuando me cansé de hacer petardos me propuse el reto de hacer cohetes, con todas las dificultades de dar con los materiales adecuados, con las proporciones, con los diámetros del reactor y la tobera, etc. Incluso tenía un software que me ayudaba a calcular la presión del reactor según las medidas que introducía. En los últimos coletazos de aquella extraña pasión, llegué incluso a hacer pequeños fuegos artificiales que hacían modestos efectos luminosos al estallar en el cielo.

Todo era un ritual: las tardes fabricando el material, la quedada con los amigos, la colocación de las cámaras para grabar el acontecimiento, los nervios antes de encender la mecha (o, como otras veces hacía, el control remoto), la adrenalina de la explosión o la euforia del zumbido del ascenso de un cohete hecho con las propias manos, todo ello iba mucho más allá de las «gamberradas» que pretendían ver algunos adultos cuyo espíritu de la curiosidad olía a putrefacción. Al lado de todo aquello, reventar una botella de vidrio con un petardo sería como tocar Wonderwall con la guitarra.

Quizá todos estos recuerdos me hayan hecho ser más consciente de lo que realmente es la pirotecnia. La pirotecnia es la gran olvidada de las artes, pues nunca se la considera como tal y pasa desapercibida entre sus hermanas mayores. Sin embargo, ¿no es, tal vez, la más asombrosa? Porque, ¿qué es poseer el sonido a través de la música o el espacio a través de la pintura en comparación con domeñar el fuego en el espacio y tiempo? En uno de los más grandes hitos de la historia del hombre, el fuego, con toda su potencia destructiva, fue puesto al servicio de lo útil. Pero ese mismo hombre, no satisfecho con la cocción de alimentos, con la defensa, con la elaboración de armas, con las reuniones en torno a la hoguera (de la que deriva muy hermosamente la palabra hogar), decidió poner el fuego al servicio de la belleza. ¡Qué soberbio! ¡Qué genuinamente humano es esto! Por eso mientras el animal rechaza el fuego, el hombre juega con él, por la misma razón por la que el animal tiene la mirada clavada en el suelo y el hombre en el cielo, al tiempo que lo ornamenta con sus fuegos artificiales.

Y merece la pena fijarse en cómo algo tan marginal y remoto como la pirotecnia, que aparentemente es una simple añadidura festiva, nos habla de cómo ha cambiado la relación del hombre con la naturaleza en unos pocos años. La pirotecnia ya no es ese soberbio espectáculo del que he hablado; ya no es la manifestación de nuestra potencia creadora y ansiosa de belleza; sobre ella sobrevuela cada vez más la idea de que es un acto despótico por el cual el hombre en su arrogancia caprichosa decide violentar la naturaleza, maltratando a los perros, desorientando a los pájaros y generando contaminación. Razón por la cual cada vez se prodigan más los fuegos artificiales «silenciosos», porque ahora el hombre está al servicio de la naturaleza, con la que se equipara en dignidad. Razón por la cual, incluso, la pirotecnia está desapareciendo en beneficio de los espectáculos con drones, que no emiten humo. ¡No vayan a pensar los lectores que hay intereses espurios detrás de este tipo de cambios!

¡Ah! Pirotecnia sin estruendo, fuegos sustituidos por diodos, espectáculos sin olor a pólvora. La pérdida de la fisicidad que tan bien rima con todo lo demás: el cigarrillo electrónico sin combustión, el escuchar música procedente de cascos en vez de instrumentos acústicos, ver una cara en una videollamada en vez de en carne y hueso, la desaparición de los botones por las pantallas táctiles, la preferencia por las superficies asépticas y pulidas en detrimento de la rugosidad y ornamentación, el paso de la ruidosa máquina de escribir a los silenciosos teclados de Apple, la desaparición del dinero en metálico por el pago contactless. La experiencia vivida con la mayor liviandad, la vida vivida de forma profiláctica, como si un etéreo condón metafísico envolviera todos los aspectos de nuestra vida. ¡Sí, es el signo de los tiempos! El artesano pirotécnico que heredó el oficio de su padre reemplazado por máquinas ensambladas en algún lugar de China. Primero nos trajeron la pólvora y ahora nos traen los drones.

Cuando los cohetes estallan en el cielo, sus formas coloridas iluminan nuestros rostros y nos conmueven con sus luces tintineantes, pero a los pocos segundos se desvanecen, como queriéndonos decir: «estúpidos, que con vuestro ingenio pretendíais crear el cielo y las estrellas, ¿no veis que el cielo ya existía antes?». Muchas cosas nos puede decir la pirotecnia.

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