26 May Escuchar música como un niño
Hay veces que desearía escuchar música como la escuchaba de niño. De vez en cuando daba con una canción que misteriosamente me arrebataba y abría los poros de mi sensibilidad, mi espíritu se dejaba enzarzar por la música para subir al cielo como un cohete y la Belleza se presentaba ante mí con una pasmosa claridad; por aquel entonces me sublimaba con cosas que luego sabría llamar armonía, producción, instrumentación, etc., y tenía el convencimiento de que paladeaba la música con más deleite y éxtasis que la mayoría de gente que me rodeaba.
Pero han pasado muchos años, muchos años desposado con la música. Ahora, cuando escucho canciones, me imagino con la cara de un basset hound, clasificando mentalmente los giros y clichés que la conforman, adivinando lo que vendrá después, entendiendo los estribillos de las canciones nuevas como operaciones de marketing tiktokeables salidas de equipos expertos en fabricar temazos para ser lanzados como munición para el consumo bulímico, escuchando con el hartazgo preventivo que causa una canción con la que sabes que vas a tener que convivir durante dos veranos en cualquier espacio público. Donde antes suponía la intención de belleza del artista ahora pongo la suspicacia del ansia de regalías. A veces voy más allá, y donde antes veía una banda fulgurante y compenetrada en un escenario, ahora, además, los presumo carcomidos por celos, peleando como ratas por derechos de autor, llegando incluso a pleitos, o tal vez metiéndose en el post-concierto, o arrastrados por la lujuria en un frenesí donde lo que menos ciegan son los focos.
No obstante, si querer «escuchar música como un niño» es ignorar la realidad del arte, huelga decir que es un deseo cobarde, pues es tanto como dar la espalda a la naturaleza humana. Lo magnífico y lo sórdido, lo virtuoso y lo vicioso, las alas para volar y el plomo para hundirse, el mérito y la culpa, todo ello se da cita para dar lugar al ser humano, que camina como un funambulista cuando hace arte. Quien quiera entenderlo ignorando esto es como quien quiera enamorarse pero no amar.
Dice el refrán que quien no conoce a Dios a cualquier santo le reza, pero como hoy ni los santos se conocen, de vez en cuando la gente se lleva las manos a la cabeza y se ve decepcionada por algún zascandil al que idolatraba estúpidamente, y se confunden las dimensiones del hombre, se le otorga lo que no se le debe y se piensa que quien tiene el don de la creación artística merece ser considerado también un referente moral, y si alguien le resulta inmoral, de pronto su arte se vuelve censurable y prescindible, como si de una inferencia lógica se tratara. (Pensemos en el mundo del cine y los terroríficos escándalos que han salido a la luz los últimos años). Pero, pensándolo bien, dada la participación divina de la creación artística, ¿no tiene algo de razonable esta cándida confusión?
Un servidor es más partidario de contemplar la música (al menos la pura) haciendo caso omiso a las circunstancias que la dieron a luz, pues una vez la música sale de las manos del compositor y se desparrama por el aire y la historia, el autor y sus circunstancias perecen, mientras la obra revolotea libremente de generación en generación, y la belleza que sobrevive sólo es la belleza de la propia obra. Sé que es una posición controvertida, porque es fácil argüir que de esta manera se empobrece la experiencia artística. Y es una crítica razonable, pues ¿podría entender bien alguien el «would you know my name» de Eric Clapton sin saber que se dirige a su recién fallecido hijo de cuatro años? Uno puede maravillarse escuchando a Bill Evans, pero su piano cobra un nuevo sentido cuando le imaginamos recogido sobre sí mismo, con una cerviz doblegada noventa grados, abatido sobre el piano, víctima de su biografía. ¿Es igual un grito de Janis Joplin que uno de Paul McCartney? ¿Se puede escuchar a Shostakovich ignorando su problemática relación con el régimen soviético? ¿Habría compuesto Charles Ives la misma música de no haber sido un gran empresario? ¿Se puede explicar la música de Xenakis a través de su rostro? ¿Se puede —en otro orden— leer a Zweig ignorando cómo acabaría sus días? Pero estas circunstancias de estos artistas, privilegiadas o miserables, no son nada si no caen en manos de quienes tienen sed de belleza, quienes saben redimirse a través del arte. Convendría saber esto, por cierto, a los émulos de artistas como algunos de los mencionados, pues no pocos incurren en una de las más patéticas formas de drogarse: por esnobismo. Me atrevería a decir que si crearon arte fue a pesar de sus circunstancias más que gracias a ellas.
Para terminar con esta reflexión que va a ninguna parte, parece indudable que quien quiera conocer al hombre debe asomarse al arte, y quien quiera conocer a Dios también, pues es en el arte donde ambos se dan cita para la posteridad: situarse desde la obra y mirar hacia arriba es casi hablar de teología, y mirar hacia abajo es casi hablar de antropología. Ya no se puede escuchar música «como un niño», porque la vida nos obliga a enfrentarnos a sus misterios para resolverlos.
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