Inés Hernand, Nebulossa y la televisión española

Inés Hernand, Nebulossa y la televisión española

Hay algo común entre nuestra candidatura a Eurovisión y la presentadora de RTVE de los Goya, algo que hace encajar ambos acontecimientos como piezas de un puzle, algo que les da continuidad. Las familias y profesores normales día tras día luchan por inculcar pautas elementales de civismo a niños y adolescentes, como el buen lenguaje, el decoro al vestir, el pudor (perdón por los palabros arcaizantes), la prevención frente al consumo de drogas, etc. Y hete aquí que, periódicamente, a través de eventos e hitos de alcance público, se pregona y da carta de legitimidad a justo lo contrario.

Hace unas semanas conocíamos la candidatura a Eurovisión, que llevaba por título Zorra, una pieza artística grimosa desde el punto de vista estético, innecesaria desde el poético e insípida desde el musical. Ante un concurso hecho jirones que otrora era para todos los públicos y ahora reservado sólo para estómagos resistentes, cabe preguntarse si es más adecuado presentar una candidatura decente que sirva como soplo de dignidad o una candidatura risible que ratifique la poca consideración artística en que se debe tener el festival.

Días después de esto se celebró la gala de los Goya, donde una conocida presentadora de RTVE hizo la encomiable labor periodística de hacer peinetas a la cámara, eructar al micrófono, decir tacos o hacer preguntas y comentarios soeces e inoportunos a los invitados. No me quiero aventurar y decir que eran signos de embriaguez, pero es complicado que alguien pueda conducirse en el mundo laboral si ese es su estado natural. Claro, llamar «presi» a una autoridad política –como hizo– queda eclipsado en comparación con el eructo que perpetró en la espumilla del micrófono de la televisión pública ante la audiencia. El caso es que, después de un comunicado de la cadena reprobando la conducta, salió en defensa de la presentadora… ¡el presidente del Gobierno!

¿Cómo explicaríamos a un marciano la elección de tan vergonzante candidatura a un escaparate internacional? ¿Cómo les explicaríamos que, teniendo un valioso instrumento público de comunicación como RTVE, se emplee en esas bazofias? ¿Cómo digiere un periodista que procura mantener la compostura y la buena dicción que la viralidad y la extravagancia hoy son valores superiores que cuentan con el respaldo del presidente de un país? ¿Con qué cara explicamos a nuestros hijos que hablen bien cuando a la par se normalizan estas conductas?

No es que Inés Hernand sea tonta y por eso haga humor para disminuidos mentales, ni que todos los eslabones partícipes en la candidatura de Eurovisión carezcan de sensibilidad estética o padezcan sordera. Primero está la intención polémica, que es el recurso propio del siglo de la sobreinformación para mendigar la atención de un público aturdido. Pero hay otra intención detrás de ello, una intención estética y política. Es la búsqueda posmoderna de la apología de la fealdad, el ariete contra lo que en su ensalada mental llaman normatividad, que asocian a una serie de valores y pensamientos contra los que luchan. Pero con esto pasa como con las innovaciones pedagógicas o con el arte: que lo que quieren hacer pasar por revolucionario ya cosecha un siglo de andadura. Y ahora, como antes, cuentan con el respaldo de instituciones y lobbies, pero no con buena parte de los ciudadanos de a pie. Dicho esto, allá cada cual con sus estrategias políticas.

En un marco mental empobrecido las palabras se confunden y se dan por implícitas asociaciones que no son tales. Así, la corrección se asocia con la cursilería y la pedantería, lo liberador con lo procaz; lo distendido se confunde con la zafiedad, el pudor con la mojigatería, lo popular con lo chabacano, lo erótico con lo pornográfico, lo sincero con lo ofensivo. Es decir, observan el mundo con las gafas de la deformidad, pues igual que la cursilería es el vicio del exceso de corrección, la pornografía es la degeneración del erotismo. Esto es especialmente habitual en lo tocante a la idea que ciertos productores culturales tienen de lo popular, donde lo barriobajero se combina con lo desagradable, lo sórdido y decadente en un costumbrismo ­–insisto– deforme. Piensan que la vida de la gente normal es un pudridero material y espiritual, y así se lo hacen creer a través de ese tipo de producciones.

En fin, se puede hacer humor como Ricky Gervais y se puede hacer como Inés Hernand. Se puede tratar la promiscuidad con un Zorra, un Tití me preguntó, un Demasiadas mujeres… pero también con un Y sin embargo (“vuelve la Guerra Fría, y al cielo de tu boca el purgatorio, y al dormitorio el pan de cada día”). Y se puede hablar de la liberación sexual repitiendo «zorra» hasta la náusea, o con el calambur «lo que opinen los demás está de más». La explicitud de versos como «yo soy una mujer real, zorra, zorra, zorra», «la que me follé en un garito borracho en Berlín», «hoy quiero un totito inédito», «mi bicho está cabrón», aparte de ser un recurso cansino y desgastado que pretende epatar, me hace pensar en la pérdida de distancia que media entre el objeto y su representación artística, despreciando la sutileza, el giro, la metáfora, la ironía a cambio de retroceder a una literalidad carente de arte, primitiva y visceral.

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