La cita con el atardecer

La cita con el atardecer

«¿Qué es lo que me puede ofrecer la China que mi alma no me haya ofrecido ya? Pero si mi alma no me lo ha podido ofrecer, ¿cómo es que me lo podrá ofrecer la China, si es con mi alma con la que veré la China, en caso de verla?»
—Fernando Pessoa.

Cada vez que puedo me escapo de casa para ver atardecer en el campo. El atardecer es una de esos lugares comunes para referirnos a lo bello y lo sublime, que congrega a la gente en las playas de poniente y en los miradores de las ciudades. Recuerdo en Cádiz a algunos abraza-árboles que aplaudían cuando desaparecía el último punto de luz bajo el mar. Son predecibles los días en que Instagram se va a llenar de fotos de nubes incendiadas. Nada hay de especial en quien disfruta de un atardecer; se podría decir casi que es como un primer estadio de la sensibilidad estética, es el Para Elisa paisajístico. Se podría decir que disfrutar de un atardecer es absolutamente mainstream. También lo son los amaneceres, si bien son, representan y evocan cosas completamente distintas.

Yo, que tengo la visceral desgracia de odiar tantas veces el mundo —se puede distinguir al misántropo real del impostor porque el impostor luce su misantropía como un trofeo—, me reconcilio con todos ellos cada vez que comparto este deleite tan común. Muestro al atardecer de este lugar una lealtad casi religiosa. Siempre que puedo, acudo puntual, corriendo si hace falta, a contemplar los últimos veinte minutos y el oscurecimiento del día. Acudo como si acudiera a rezar, acudo con la urgencia que tuviera una prescripción médica. Lo contemplo, pero también lo observo y trato de cerrar los ojos sediento de querer memorizar las formas como si tuviera que pintarlas al volver a casa. Trato de abrevar de los colores como si mañana me fuera a quedar ciego o a marchar de este lugar. Las ondulaciones de los olivos y los surcos se estrellan a unos cientos de kilómetros con las montañas violetas de las sierras. Al otro lado del sol ya se precipita sobre el mundo la negrura de la noche, todavía azul y morada.

Sólo oigo hundirse mis pasos en la tierra del camino, los gorriones, los petirrojos y otros pájaros igual de corrientes que las puestas de sol (los pájaros que ignoramos en el suelo de las terrazas). El olor penetrante del hinojo salvaje, que brota entre retamas a los bordes del camino. La inmensa experiencia sensible se articula como un gran argumento ontológico, ver a lo lejos la ciudad, ver desde las alturas del cerro, me hace tomar consciencia de mi propia insignificancia material y de nuestra modesta membresía en el universo, y el horizonte invoca a la trascendencia y a los límites de la razón. Las ciudades carecen de horizonte. Por carecer, carecen hasta de bancos. Tan hostiles a la contemplación son las ciudades, donde nos afanamos por vivir y medrar.

¿Será esto la felicidad? Encontrar plenitud al acudir al mismo sitio una y otra vez, sin hartazgo ni necesidad de más ni de menos, sabiendo cómo será. (Será igual que siempre, pero siempre se renovará a través de mis ojos). Cuánto se parece aparentemente la monotonía a esta felicidad, y cuán opuestos son sus efectos en el espíritu. Sabiendo de mi corazón inquieto, ¿puedo llamar, por fin, felicidad a esa contemplación reposada que empieza y acaba en sí misma, a la que no le puedo pedir nada más que lo que es? ¿Tengo permiso para decir que atesoro la felicidad? La felicidad en esa repetición, como se repite un atardecer, como se repite la reunión con la familia a la vuelta del trabajo.

¿Pero se puede llamar felicidad a una experiencia tan telúrica que se quiebra cuando el cielo está encapotado, y se quebrará si un día ya no vivo allí, o si un día construyen una promoción de edificios al pie de ese camino? ¿Puedo subyugar mi hipotética felicidad a la meteorología, mi solvencia o los planes urbanísticos?

¿Siento plenitud a consecuencia de la puesta de sol? ¿O porque estoy en estado de recibir tal plenitud puedo apreciarla? Pues a pesar de todo, a veces me reúno con el sol en ese lugar y no siento nada, pido y nadie me da, y sólo descubro mi propio tedio y ansiedad, un alma embotada y diezmada por el cansancio, insensibilizada ante lo bello e incluso ante lo feo. En cambio, la belleza está ahí, puntual. Qué mayor prueba de que la belleza es objetiva: está ahí, como siempre. Quien no está soy yo, o quizá estoy sólo un poco, o quizá estoy pero mutilado; la Belleza estira su brazo para tocarme con la yema de sus dedos. Lo que es subjetivo es nuestra capacidad de abrirle la puerta y salir a su encuentro en cada momento de nuestra vida.

No Comments

Post A Comment