La no existencia de buena música

La no existencia de buena música

El prestigioso y genial músico Jacob Collier se grababa hace unas semanas en Instagram haciendo unas afirmaciones rotundas en materia musical: «no existe tal cosa como la buena música o mala música, sino simplemente música que te gusta, así como no hay buena o mala técnica, sino simplemente técnica que te funciona». Pero antes de lanzar estas sentencias, las preludiaba de esta manera: «no sé quién necesita oír esto hoy, pero…». Sí, amigos, estamos ante una reformulación del ya clásico «es increíble que en pleno siglo XXI», expresión que sirve para encabezar juicios de tipo moral. Pues hay quien cree que el paso del tiempo conduce inevitablemente a la perfección de la moral, como si se tratara de la conexión a internet, de los modelos atómicos o del automóvil.

Sin duda Jacob Collier está en lo cierto cuando busca enfocar desde un punto de vista moral la música, pues una actividad tan genuina del hombre no iba a ser la excepción que careciera de dimensión moral. ¿Acaso hablar de bueno o malo no invoca ese carácter tangencialmente? Desgraciadamente, se une a los corifeos actuales que buscan zanjar los problemas morales o estéticos reduciéndolos a una cuestión de gustos, algo que es fácil de decir y aún más agradable de escuchar.

El problema es el cinismo que puede rezumar en boca de Jacob Collier una afirmación así. Pues la potencia de su sentencia, la autoridad que le concedemos, procede de la gran reputación que Jacob Collier ha conseguido a lo largo del tiempo. Grandísima reputación de…: sí, buen músico. Piense usted, si es músico, qué reacción le hubiera inspirado un «no existe buena o mala música» en boca de, qué se yo, Ramoncín, que no cosecha demasiada simpatía popular. Seguramente pensaría que más bien emplea ese argumento como defensa frente a la crítica de sus detractores. En cambio, la misma frase en boca de Jacob Collier parece una dádiva, una concesión que un dios de la música hace para aliviar las pesadas cargas de la exigencia a todos los aspirantes que hay por debajo de él. «Yo, que soy un genio, os digo: no os fustiguéis, no os mortifiquéis, donde estáis ahora está bien, lo que escucháis está bien, lo que componéis está bien». Podría haber dicho lo contrario, que hay músicas mejores que otras, y nadie le habría tosido. Por eso su sentencia es gesto de divina magnanimidad y condescendencia.

Afortunadamente no es cierto que no exista buena o mala música, por difuso que pueda resultar objetivarla. Y aunque no existiera, los músicos igualmente actúan como si lo hiciera. Para suerte de todos nosotros, Jacob Collier no se dejó seducir por ningún gurú y fijó altísimas metas de perfeccionamiento, alimentó su insaciable inquietud con la convicción de que a cada paso que daba se acercaba a algo mejor, a algo cada vez más bueno. Porque el movimiento significa pasar de un lugar a otro, y si pasamos voluntariamente es porque, pensando que podemos mejorar nuestro estado actual, buscamos estar mejor en el sitio nuevo. En cambio, si ya estuviera bien el sitio donde estamos, como sostiene Collier, no habría motivo para el movimiento. ¿Cuáles fueron si no los motivos para el perfeccionamiento por el cual hoy le admiramos?

La Belleza, como el haz que atraviesa un prisma, se despliega en la multiplicidad de la realidad en diferentes momentos, formas y grados; y si se hiciera el titánico esfuerzo de hallar una inmensa rúbrica capaz de cubrir una ciudad entera contemplando todos los factores y parámetros para medirla, seguramente no se llegaría a mejor puerto que provistos de la intuición y la razón. Con las mismas, hablar de «bueno» o «malo» en términos absolutos sería siempre injusto, aunque lo hagamos para entendernos en el lenguaje cotidiano, siendo quizá preferibles términos como «mejor» o «peor». Decir que no existe música buena o mala no sólo atenta contra la música buena, sino que atenta contra la dignidad y la necesidad de que exista música mala. Por eso veo oportuno traer a colación este fragmento de Agustín de Hipona en su libro Del orden, donde reflexiona sobre la existencia de lo superior y lo inferior:

¿Qué cosa más horrible que un verdugo? ¿Ni más truculento y fiero que su ánimo? Y, sin embargo, él tiene lugar necesario en las leyes y está incorporado al orden con que se debe regir una sociedad bien gobernada. Es un oficio degradante para el ánimo, pero contribuye al orden ajeno castigando a los culpables. […] ¿No hay también en los animales algunos miembros que mirados por sí mismos, sin la conexión que tienen con el organismo entero, nos repugnan? Sin embargo, el orden de la Naturaleza ni los ha suprimido, por ser necesarios, ni los ha colocado en un lugar preeminente por causa de su deformidad, porque ellos, aun siendo deformes y ocupando su lugar, enaltecen el de los miembros más nobles. […] Así son todas las cosas, en mi opinión; pero su comprensión exige una mirada perspicaz. Los poetas estiman los barbarismos y solecismos, prefiriendo, con disfrazados nombres llamarlos figuras y metaplasmos a evitar vicios manifiestos. Quitad a la poesía esas libertades, y echaremos en falta un condimento gratísimo. Prodigadlas con demasía y todo será acre, podrido, rancio y fastidioso. Trasladadlas a la conversación libre y forense, y ¿quién no las mandará que se retiren al teatro? El orden, pues, que todo lo modera y enfrena, ni permitirá su excesivo empleo donde se puede, ni su uso en cualquier parte.

Mi humilde y seguramente nada novedosa tesis para reconciliar la subjetividad que ensalza la susodicha propuesta con la existencia de mejor o peor música es que debemos ser conscientes de que nos puede gustar música mala, así como nos puede no gustar música buena. La música mala nos puede gustar a pesar de serlo, en la medida en que participe de lo bueno aun en ínfimo grado; la música buena puede no gustarnos pese a su mayor participación de lo bueno. A mí no me gusta la música de Jacob Collier. Podría argumentar que no me gusta demasiado porque raramente me gusta el género musical que he dado en llamar música masturbatoria (esto es, música donde el que la toca disfruta más que el que la contempla), un tipo de música que se prodiga entre los buenos músicos. Puede, como digo, no gustarme, pero no puedo negar que es una música portadora de una serie de virtudes, valores y nociones estéticas que merecen ser observadas y que hacen de todo ello música buena y de su compositor alguien digno de ser admirado; mi juicio en nada altera su realidad independiente. De todo esto se extraería la idea de que se puede educar el gusto –proposición hoy carente de aceptación social–.

La música mala, por tanto, desempeña un papel necesario, una función, un orden. Del mismo modo, una persona bien educada puede emplear un lenguaje más distendido, vulgar o áspero en un ambiente de confianza mientras que en otro ambiente ha de preferir un lenguaje más elegante, pausado y sutil, sin por ello significar que el primero sea igual de bello y bueno que el segundo, y sin por ello negar la necesidad y la conveniencia de recurrir al primero en muchas ocasiones. Hoy las costumbres decadentes prefieren hacer ver que la vulgaridad impúdica es virtuosa confundiéndola con una errónea idea de sinceridad y distensión, y no es difícil encontrar guiones de series repletos de zafiedad y presentadores de programas hablando de la forma más abyecta. Y del mismo modo que nos vestimos de traje para acudir a una boda, para dormir preferimos el pijama. Y si bien el pijama puede tener atributos en los que aventaja al traje o al vestido, como la comodidad, no podemos negar que en cuanto a su belleza y empleo le corresponde un rango inferior, y la presencia del pijama en un convite ofendería al anfitrión, lo cual no está reñido con la necesidad de su existencia. Así se podrían elaborar cientos de ejemplos, pero creo que me he extendido lo suficiente en esta cuestión. Probablemente cuanto más nubladas estén las nociones del bien y del mal, menos unanimidad hay respecto a las nociones de la belleza. Es sin duda un tema difícil y abstruso, pero absolutamente interesante.

Espero haber logrado elaborar una idea aproximada de por qué creo que es erróneo pensar que en las artes no quepa hablar de obras mejores o peores, tesis que creo que obedece a la pereza intelectual o, en el mejor de los casos, como me sugería un sabio amigo, a una buena intención, una exhortación a la creación musical.

Comparte esta página en...
Tags:
No hay comentarios

Publicar un comentario