Los empanados

Los empanados

«Porque también viven los que no piensan, aunque ese vivir no sea un vivir verdadero».
—Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida.

A veces en el hombre se da una mirada muy particular: la mirada del empanado. Estar empanado no es lo mismo que estar distraído; el que está distraído lo está respecto de la actividad que debería estar ocupándole. El empanado, en cambio, está distraído respecto de sí mismo; en el empanado no se da actividad consciente. Como trataré de demostrar aquí, estar empanado no significa necesariamente estar inactivo.

Está empanado el que se desparrama en el sofá viendo cualquier programa, lo está también el que viaja en el vagón, de pie o sentado, mirando a la nada, jugando con la lengua o sacándose un moco; lo está quien juega al Candy Crush, desliza Twitter (X), Instagram, o las noticias sin detenerse en nada. Es difícil discernir quién está empanado y quién está rumiando algún pensamiento, pero en ciertas circunstancias me parece que no hay lugar a dudas, como en los usos del móvil que he citado.

En ese momento, cuando se puede hacer el diagnóstico inapelable de que una persona está empanada, su mirada me recuerda, inevitablemente, a la de un animal. Sé que es cosa mía, pero es como si observara una iguana en un terrario, o un hipopótamo en el zoo, esperando alguna chispa de vitalidad. Como si hubiera que golpear el cristal para intentar que se mueva la tortuga. El eslabón perdido entre el animal y el animal racional. Estoy seguro de que etológicamente hablando esta inactividad modorra tiene una razón de ser, pero no menos cierto creo que sea afirmar que circular empanado por la vida de forma habitual es una afrenta a la vida misma.

Pasar las horas de la vida pasmado, dejando marchitar toda su hermosura, ¿no es una necedad?, ¡cuando habríamos de ser zahoríes de oportunidades, de vida! ¿Sería un benefactor si zarandeara por la solapa a alguien que se encontrara en ese trance gris, o le agarrara el móvil repentinamente y lo reventara contra el suelo? Yo perdería varios dientes, sí, pero tal vez lograra avivar una conciencia.

Un liberal hayekiano me podría acusar de fatal arrogancia pautando estas conductas; puede que sea así y se trate de una condescendencia impertinente. ¿Quién soy yo para sacar a nadie de su letargo? Es más, estoy convencido de que ni siquiera sería políticamente viable una sociedad sin un reservorio de población dispuesta a pasar por el más acá sin pena ni gloria, firmemente decidida a tener una existencia anodina. Tal vez esto sea irremediable, pero… ¡puede ser tan hermosa la vida!

En todas estas consideraciones no creo que sea muy difícil estar de acuerdo, pero ¿qué hay de los que leen, practican deporte o cultivan aficiones? Se me ocurren otros tantos buenos argumentos para impugnar estos pasatiempos más elevados según de qué manera se practiquen. ¿Se convierte el tiempo libre en una extensión de nuestra actividad laboral de manera que nos vemos instados a seguir activos bajo un sentimiento de culpa? Este es uno de los adagios de Byung-Chul Han. Tampoco puedo evitar pensar en la reflexión del terrorista-filósofo Theodore Kaczynski: como en la sociedad moderna bastarían la obediencia y una moderada inteligencia para desempeñar un trabajo que permita cubrir las necesidades básicas, el hombre necesita inventarse «actividades sustitutorias» que sirvan para pautar nuevas finalidades que orienten su vida, por artificiales que sean. ¿No está esto cerca del «opio para adormecer pesares» en que, según el arriba citado Unamuno, a veces se convierte la filosofía? ¡Es tan fácil convertir la lectura, el arte, el deporte o la filosofía en una frivolidad, en un mero pasatiempo —matatiempo— refinado! Negar la vida con lo que debería reafirmarla.

¿Quién lee para vivir mejor y quién para olvidarse de la vida, para meter cabeza bajo tierra? También el deporte puede deformarse —nunca mejor dicho— en vigorexia, y no pocos filósofos han terminado enloqueciendo cuando, paradójicamente, indagaban sobre el mejor modo de vivir (Kaczynski, sin ir más lejos). Igualmente, ¿quién toca para celebrar la belleza y quién se vuelca compulsivamente sobre un instrumento para olvidarse del mundo? ¿Quién bebe en tertulia junto a sus amigos y quién bebe a solas, como fugitivo de sí mismo? ¿Cabría, pues, redefinir lo que es estar empanado? Tal vez no, pero sí cabría advertir a quienes censuramos a los que están empanados. Ellos serán imbéciles, pero tal vez nosotros también.

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