01 Jun Macroconciertos y ditirambos
Sé que la casuística es muy variada, pero las veces que he estado en conciertos masivos (que no festivales) he tenido una especie de sensación pírrica, sutil pero no por ello poco desagradable, de volverme a casa pensando que no se escuchaba demasiado bien, de que he mirado más a la pantalla LED que al escenario y que menos mal que llevaba gafas.
Está claro —al menos para mí— que si uno quiere escuchar música bien no va a cualquier recinto o directamente podría quedarse en su casa, pero es que a un concierto no se va simplemente escuchar música. «Escuchar música», así, puramente, sin más, es una experiencia artística emasculada bastante reciente en la historia. El concierto es escuchar música aquí y ahora, es también ver la música, ver cómo brota de las manos o de la garganta de artistas que el resto de nuestras vidas nos tendremos que conformar con recordar o escuchar en grabaciones, es vivir la comunión con un público unido por unos mismos gustos musicales, es disfrutarlo sabiendo que se trata de un acontecimiento único, justo al contrario que la distribución digital. Antes de la tecnología de la grabación hablar de «música en directo» resultaría tautológico y absurdo, por eso quien hoy decide ir a un concierto va a algo más que escuchar música, y tal vez por esa razón muchos artistas se ven impelidos a ofrecer más que música, desde escenografías que son verdaderas obras de arte hasta fruslerías como pulseras luminosas.
Mi cuestión con los macroconciertos es la de los límites. ¿Dónde empieza y dónde acaba un concierto? Se podría decir en términos formales que pagar la entrada y estar dentro del recinto es asistir al concierto, pero, ¿está igual de dentro del concierto alguien colocado en el centro de la pista que alguien colocado en la última grada que debe ver una pantalla LED que aun así se le hace pequeña mientras hace un acto de fe dando por hecho que la figurita que ve sobre el escenario es el artista al que había ido a ver? ¿Es más molesta la reverb que escucha el vecindario sin haber pagado por ello que la escucha deficiente de quien sí lo ha pagado? ¿Quién tiene una mejor experiencia del concierto: nuestro asistente de la última fila o alguien que, por ejemplo, lo estuviera viendo en streaming? ¿Hay un límite físico demostrable a partir del cual decae definitivamente la irradiación del concierto? ¿Dónde se puede empezar a hablar de estafa o abuso de los promotores? La devoción desmedida por algunos artistas justifica en los conciertos aforos y localidades que son absolutamente deficientes si lo que se quiere es disfrutar del espectáculo. La pregunta es si la gente realmente va movida por la experiencia artística que ofrece el concierto.

Dadas estas circunstancias, grabar la story con forzando el zoom del teléfono mientras luchamos contra nuestro mal pulso no es una opción, pero grabar la pantalla LED que a su vez está grabando el concierto tampoco termina de convencer en nuestro fuero interno. Pero el caso es que hay que grabarlo, hay que dar testimonio, dar pruebas fehacientes de que se ha estado en El concierto. (Yo también lo habría hecho). Lo cual me lleva a recordar a Michèle, mi profesora de Estética que, recuperando la Poética de Aristóteles, situaba la génesis de los conciertos actuales en los ditirambos dionisíacos, donde el corifeo era un sacerdote, una casi-encarnación del dios alrededor del cual se colocaba el resto del coro, distinción que cada vez se iría ensanchando más y más. ¿No hay algo de esto hoy día? Hay un «algo» fetichista en el que sabe que irá y escuchará y verá mal al artista, pero al menos lo hará con sus propios ojos sin que ni internet ni nada tenga que mediar entre ambos; sólo les separa el mismo aire que respiran. El público devoto acepta una incomodidad ascética a cambio de mostrar reverencia al artista. No lo digo con acritud, pues algunos de los músicos de Madrid que conozco y más admiro han acudido al concierto, y sé que han ido sabiendo lo que iban a ver; lo digo con la curiosidad de quien ve en estos conciertos, ya sea Taylor Swift, ya sea Coldplay, una asistencia más movida por el componente ritual y social que por el artístico.
No Comments