13 Sep Niño molesto en el tren
Viajar en tren en horas punta es algo que, si no detesto más, es porque me permite leer en tramos de unos treinta minutos. Las horas punta, da igual en transporte público o privado, nos hacen asomarnos al lado más esperpéntico de nuestra mediocridad (aunque la mediocridad, tal como se entiende hoy chuscamente, también tiene sus golosinas). Pero de esto hablaré otro día si acaso.
Hoy, en el tren de vuelta, dos asientos más allá de donde estaba, viajaba una familia con un niño que apenas tendría dieciocho meses. Era despierto y curioso, y por cierto charlatán, porque no paraba de decir cosas (ininteligibles). Algunos pasajeros que rodeaban a la familia sonreían al principio del viaje. Otros, en cambio, cada cuatro o cinco minutos sentían la necesidad de emitir un suspiro de molestia. No es éste un suspiro íntimo que uno haga para sí. No. Es un suspiro que pretende sonar, no es delicado, tiene un instante de sonoridad gutural, una pizca de carraspera, tiene mucho más de acto comunicativo que de necesidad fisiológica. Un conato de amonestación a los padres. Como viajo mucho en tren, siempre veo el mismo patrón cuando hay un bebé: suelen sonreír las personas que están visibles para la familia, y los resoplidos suelen venir de quienes están ocultos en el bosque de los asientos.
No hay necesidad de negar que un niño puede resultar molesto. Un amigo solía decir que «los niños son como los pedos, sólo estás dispuesto a aguantarlos cuando son tuyos». Sin embargo, en una mente sana, los chillidos y los balbuceos incontrolados de un bebé (acústicamente molestos, sí) deberían ser recibidos con generosidad y condescendencia, para dar la bienvenida en la sociedad a la mirada curiosa que se asombra ante el nuevo mundo que se le descubre.
Los resoplidos en un tren, en un restaurante, o la asquerosa proliferación de hoteles «adults only» (entre otras monstruosidades contemporáneas mayores) son propios de una cultura abonada a la muerte. Cínicamente, estos hoteles infames rechazan la presencia de niños, dando por supuesto que en otros lugares de la sociedad serán mejor recibidos hasta que algún día puedan ser sus potenciales clientes. Por alguna razón, estos empresarios discípulos de Herodes consideran más molesto un menor de edad bajo la tutela de su familia que un viaje de universitarios o una despedida de soltero. Si la justicia estuviera en este mundo, su propia política los abocaría merecidamente a la ruina. ¡Cuánto más feliz es aquel lugar donde los niños forman parte del paisaje sonoro!
¿Qué estaría haciendo —os preguntaréis— el hombre que resoplaba hoy detrás de mi asiento? Pues os lo diré, porque me levanté disimuladamente para comprobarlo, porque me moría de curiosidad: sorprendentemente no estaba descifrando un libro de cálculo, ni estaba leyendo concienzudamente a Hegel; estaba deslizando noticias en el móvil a una velocidad de vértigo. Pues una de las cosas más deprimentes de viajar en horas punta es mirar alrededor y ver a la mayoría de los pasajeros absortos en juegos de mierda en sus móviles, o deslizando reels de Instagram; verlos empanados, en estado de letargo como las bestias de un zoo para no pensar en sus vidas. Porque, como bien decía, en una sociedad abonada a la muerte, antes que hablar de «pasar el tiempo» mejor sería hablar de «matar el tiempo».
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