16 Oct Saber leer música
«Da la hora y ¡qué cambio! Se empañan al instante sus ojos y [el niño] pierde la alegría; adiós gustos, adiós alborozados juegos. Un hombre severo, y rígido le coge de la mano y le dice con gravedad: «Vamos, niño», y se lo lleva. Veo que en la habitación donde entran hay libros. ¡Libros! ¡Qué objetos tan tristes para su edad! Se deja llevar el pobre niño, mira con desconsuelo todo lo que le rodea, calla, y se va con los ojos irritados por las lágrimas que refrena y lleno el pecho de sollozos que no se atreve a exhalar.»
Rousseau — Emilio, o De la educación
Apenas ha pasado un mes de la polémica de la influyente María Pombo sobre la lectura cuando me he topado con el vídeo de un guitarrista que afirmaba que leer partituras podía llegar a ser contraproducente. Nos advertía de que el «exceso de información» que tiene el músico que sabe leer hace que su interpretación, de alguna manera, se anquilose y nos impida «vaciar la mente».
Lejos de ser un cantamañanas, el músico en cuestión es, a juzgar por lo que vi en sus redes sociales, un guitarrista con buena formación que, como un servidor, de vez en cuando comparte reflexiones. Pero me parecen un poco cínicos ese tipo de comentarios precisamente viniendo de músicos que, disfrutando de su buena formación, hacen de «poli bueno» renegando de aquello que les ha conformado como músicos, renegando de aquellas herramientas de las que, ellos sí, se valen para trabajar; renegando de los mismos conocimientos que, llegado el caso, esgrimirían como argumento de autoridad. Desgraciadamente, ésta es una opinión muy extendida en la música. Junto con otras artes, la música es uno de los pocos saberes que se me ocurren donde tanta gente presuma de su ignorancia, de no saber teoría musical o leer una partitura. No por casualidad en el arte está tan abierta la puerta de la farsa.
Primero de todo dejemos clara una cosa: la notación musical es un sistema con muchas limitaciones —como todo lenguaje que trata de aprehender la realidad, por cierto—. No toda la música se presta igual de bien a la escritura; hay música muy simple que, llevada al papel, resulta mucho más farragosa, como un acompañamiento de guitarra. Un cuarteto de Mozart es más grato de leer que una melodía de pop que arrastra síncopas por todas partes, por sencilla que nos resulte de cantar. Una obra de Tárrega se presta más a la notación musical que una falseta de Tomatito. ¿Qué decir de la música electrónica donde todo gira en torno al timbre? ¿Qué poder tiene ahí nuestro sistema de notación? Y a pesar de todo ello, la notación musical sigue siendo una de las formas más seguras, eficaces y universales para plasmar las creaciones de muchos géneros musicales. Presumir de no querer acceder a este conocimiento es una muestra del atrevimiento propio del ignorante que no sabe lo que se pierde.
Muchos músicos se refugian en la autoridad de grandes figuras de los últimos cien años que han hecho historia siendo autodidactas o «sin saber música», y es cierto que las ha habido. Sin embargo, hay un océano que los separa de ellos. Pues no es lo mismo que no te dé la gana estudiar música que no poder acceder a un conservatorio por las leyes de segregación racial de Estados Unidos, ni es lo mismo rechazar estudiar música que no poder acceder a una escuela ni comprar un instrumento por haber nacido en una familia pobre y desestructurada. Si algunas de las grandes figuras de la música han mostrado ufanas que no han pisado una escuela o no han sabido leer música es, ante todo, una reivindicación de sus orígenes sociales, un orgullo de raza o clase de aquellos que se han abierto paso a pesar de no saber leer música, de no haber tenido oportunidades.
¿Cuál es, pues, el principal alimento de este desprecio a la instrucción musical? Lo diré sin rodeos: la soberbia. Así es, el rechazo a la instrucción musical nace principalmente de la soberbia de aquéllos que sienten que se bastan a sí mismos para hacer emerger su genialidad, aquéllos que piensan que dicha genialidad sería contaminada por profesores y por absurdas reglas. ¿Os suena a algo? Sí, es la metástasis musical del pensamiento pedagógico rousseauniano, que sigue más vivo que nunca. Los ideales decimonónicos del genio.
En la infinita soberbia con la que hoy se conducen muchos artistas, piensan que ya son genios que sólo necesitan ser descubiertos al manifestar su talento, y que el mundo está en deuda con ellos. Soberbia en la que se parapetan tras décadas recluyendo todo juicio sobre la belleza en los sótanos de la subjetividad y el gusto de los individuos. Así, piensan que por aprender a solfear en clave de sol y fa la avinagrada academia cercenaría sus preciosas alas, piensan que si se pusieran en manos de un profesor no saldrían más enriquecidos, sino lobotomizados, y su inmaculada genialidad quedaría manchada por sus enseñanzas.
Lo que a este tipo de artistas les ocurre —y creedme que me he hartado de verlo— es que viven rumiando y regurgitando las mismas tres o cuatro ideas felices de las que son incapaces de salir por su desconocimiento, que tratan de maquillar con la magia de los productores y estudios de grabación. Como no tienen herramientas que les permitan salir del cascarón, viven en la autoparodia, pensando que avanzan cuando están dando vueltas en círculo.
Es aquél musico que sólo es capaz de comunicarse con abstracciones y vaguedades. Es aquél que pasa de ir a clases de canto porque ya canta bien por obra y gracia del Espíritu Santo. O aquél que aprende posiciones en la guitarra sin entender lo que está haciendo y por no aprenderse la escala cromática te pregunta: «¿qué acorde es éste?». Es aquél que vive descubriendo la pólvora. Es aquél que cree estar más cerca de ser un beatle tomando ácido que siguiendo los pasos de George Martin. Es aquél que piensa que está en el mismo barco que Paco de Lucía por no saber leer un pentagrama, aquél que acude a un profesor en busca de soluciones rápidas y no aguanta más de un mes de clases. Es, en definitiva, la soberbia del burgués que juega a la biografía de su artista favorito cuando a él no le ha faltado nunca de nada, cuando tiene un guitarrón de mil euros y acceso a internet.
Aparte de ser falaz considerar instrucción musical únicamente a aquella que se da en las instituciones (como si YouTube o los profesores particulares no fueran una fuente de conocimiento e instrucción), la demonización de la escuela y la academia se fundamenta en la falsa e interesada confusión entre instrucción y mala instrucción. Porque una formación musical que cercene la creatividad y no explique a los alumnos el por qué de tal o cual regla o estética es una mala formación. E igual ocurre con el plano de la interpretación: aquél que interpreta preocupándose solo de las notas y del «exceso de información» no está interpretando adecuadamente, y no porque su conocimiento sea un obstáculo, sino por falta de madurez interpretativa, por no saber ordenar todo aquello que sabe a un fin superior a la mera ejecución ortodoxa de una pieza.
Así que, amigos, no os dejéis embaucar. No saber leer música no os hace mejores músicos. Al contrario: aprovechad todas las oportunidades que tengáis para estudiar, formaros y descubrir nuevos horizontes. Transcribid los solos que os gusten, aprended solfeo, aprended a leer una partitura orquestal, a cifrar una armonía, trabajad el oído, y que todo vuestro conocimiento se ordene para servir a la belleza del arte. Es cuando se está de vuelta —y no antes de emprender el viaje— cuando se entiende en su justa medida el valor de cada conocimiento, cuando se sobrevuela por encima de la partitura, de las opiniones y de la soberbia, y cuando interpretar una obra se convierte en algo más que una carrera de obstáculos. Pues es igual de pobre interpretar una pieza aspirando a no cometer errores que elogiar una interpretación por la ausencia de los mismos.
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