Trabaja de lo que te guste

Trabaja de lo que te guste

«Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida»
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Pido disculpas por la extensión de esta entrada. El otro día escuché que parte de la responsabilidad de los nefastos resultados del informe PISA de 2022 era de la gran cantidad de profesores sin vocación que pueblan los colegios. Los lugares comunes sirven no pocas veces para rellenar el corpus de opiniones y razonamientos con los que conducimos nuestras vidas. Son el cartoncillo doblado que calza la mesa, el poliespán con el que la cafetera empaquetada no se golpea ni se descoloca dentro de su caja. Pero también pueden ser el pasador de oro que impide que se nos mueva la corbata. Algunos encierran sabiduría secular y otros son, simplemente, necedades que circulan profusamente. Querría hablar hoy de un lugar común: el del «trabajo vocacional», pues es una máxima por la que muchos nos procuramos conducir en la que caben matizaciones.

El trabajo es una bisagra que apunta fundamentalmente hacia dos direcciones: hacia fuera, por el servicio que presta a la sociedad, y hacia dentro, por la remuneración que se obtiene y por la gratificación que a veces se siente en su ejercicio. Parece evidente que el discurso en torno al trabajo vocacional se centra en este último punto, en lo que hoy se llama «realización personal».

La vocación, por otro lado, inspira inmediatamente un sentido religioso. Vocación es llamada personal. La Doctrina Social de la Iglesia, citando documentos como Laborem Exercens, habla de la vocación al trabajo (al trabajo en sí mismo): el trabajo sería un bien por el que el hombre obtiene y salvaguarda su dignidad, respaldándose en la idea de reflejar que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. El hombre tiene vocación de trabajo porque está llamado a trabajar. San José María en su Camino dirá en uno de los últimos aforismos: «‘Se me ha pasado el entusiasmo’, me has escrito. –Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por Amor: con conciencia del deber, que es abnegación.»

Nada parece indicar que estas nociones guarden semejanza (salvo en la apariencia) con lo que cotidianamente entendemos como el trabajo vocacional. Adviértase que «trabajo vocacional» es la inversión de partículas de «vocación al trabajo». No es casual que con la secularización sobrevivan cascarones conceptuales cuyo sentido está completamente desfigurado, ni tampoco es casual que tras un siglo dinamitando todos los cimientos y metarrelatos que han dado forma a nuestra civilización la carga de la elección del trabajo se traslade del deber o las aptitudes a la preferencia del sujeto. En la famosa modernidad líquida de Bauman, el individuo queda reducido a su dimensión psicológica, buceando en sus nebulosas apetencias para tomar una a una las decisiones que lo construyan como tal. El individuo dice antes de nada: ¿de qué me gustaría trabajar? Que las aptitudes no coincidan con el gusto pasa a un segundo plano. Pero si el trabajo sirve al individuo moderno para conformar su identidad y la tozuda realidad no se acomodara a sus apetencias, el trabajo no-vocacional sería para el sujeto, en su fuero interno, tanto como una vulneración al ‘libre desarrollo de la personalidad’.

La vocación es una llamada que nos arranca de nuestro lugar. La vocación no sé si es violenta, pero es clarísima; quien la haya sentido lo sabrá. Una extraordinaria predisposición y aptitudes nos conminan a entregar nuestra vida a una actividad que vemos como un fin en sí mismo. Si estamos llamados a hacer una cosa, pensamos naturalmente que no estamos llamados a hacer ninguna de las otras. La vocación supone un ejercicio de honestidad extremo, contraponiendo nuestras fantasías a nuestras capacidades reales, comprometiéndonos a sabiendas de todas las adversidades que pueda acarrear tal elección, que tomamos entendiéndola como un designio que no hemos elegido, sino que nos ha elegido. Sin embargo no son muchas las personas que son tan fuertemente interpeladas por este extraño sentimiento, y no todo el mundo lo sigue, acordémonos del joven rico.

De ahí que sea absurdo hablar de «trabajos vocacionales» para referirnos, por ejemplo, al arte, la docencia, la investigación o la medicina, porque se deposita en la naturaleza de sendas actividades lo que realmente nos pertenece a cada uno de nosotros, es decir, esa íntima llamada.  Se llama vocacional, cotidianamente, a aquel trabajo que, de no haber amor hacia la actividad, se nos haría insoportable (pero quién fija estos umbrales es una pregunta que nadie se aventura a responder), de manera que quienes permanecen acreditarían un amor libre de intereses espurios hacia la profesión. Un trabajo que, en definitiva, nos tiene que gustar para hacerlo. Son profesiones que deberían obedecer a la máxima de «trabaja de lo que te gusta», hermana mayor del «estudia lo que quieras». Quizá sea esta la perspectiva que hoy predomina, considerando la buena aptitud como una condición necesaria mientras que el buen ánimo para realizar la actividad sería una condición suficiente para lanzarnos a «trabajar de lo que nos gusta». Sin embargo, hay un abismo entre trabajar de lo que a uno le gusta y la vocación; la vocación nos llama desde fuera trascendiendo nuestras preferencias, pues aparte de gusto hay deber; el simple gusto, más telúrico, viene de dentro. Y cuando viene de dentro se entiende que el trabajo bien hecho sólo se puede realizar desde el entusiasmo de la apetencia.

Por eso, en mi opinión, el elogio irresponsable de «trabajar de lo que a uno le gusta» lleva al extravío del individuo y luego de la sociedad. Del individuo, en primer lugar, porque privado del sentido del deber y de la dimensión social de lo que hace, es incapaz de sentir la dignidad de la que dota el ejercicio de su actividad. Imbuido de delirios de autoconstrucción, es sordo a todas las necesidades que impone la sociedad, a sus capacidades y a la realidad, con la que se da de bruces al ver frustrados sus caprichosos delirios por la incapacidad de ser absorbido en el mercado laboral. La sociedad, en segundo lugar, queda conducida al extravío cuando se manda el mensaje de que sólo trabajando por vocación se hace bien el trabajo, puesto que esto es una idea romántica y voluntarista. Primero, porque el trabajo bien hecho es el que está bien hecho; esto que parece una perogrullada es diferente a decir, por ejemplo, que el trabajo bien hecho es el que se ha hecho con la intención de estar bien hecho. Segundo, porque si la apetencia es considerada por encima de la destreza o del deber, el mercado queda anegado de frustrados que migraron de lo que debían hacer a lo que querían hacer. ¡Afortunadamente no todos se dejan guiar por los cantos de sirena! Quedamos muchas veces admirados por el portero del edificio que cumple impecablemente su deber y saluda siempre con simpatía, ante el pintor que se obsesiona precintando el rodapié meticulosamente, ante la empleada que nos atiende servicialmente desde su taquilla en un peaje. Nosotros, adanistas cosmopolitas, adanistas titulados, elogiamos sorprendidos a quien muestra amor por su trabajo en oficios manuales en vez de profesiones liberales. Decimos para nuestros adentros: «¡menudo currante!». Atribuimos una especie de capacidad sobrehumana a quien no teniendo vocación se perfecciona, es laborioso, diligente y pulcro, especialmente en profesiones que la sociedad se ha esforzado en hacernos aborrecer.

Absortos en nuestros egoísmos, nos imaginamos incomprensible la existencia de quien no pudo elegir en qué trabajar. Aquel que tiene un trabajo monótono; aquel que trabaja de lo que trabajaba su padre, que a su vez fue enseñado por su abuelo; aquel que sacó plaza en la primera oposición que salió. Para nosotros, el motor es la apetencia, el entusiasmo; para ellos, el deber, el amor por el esfuerzo, la necesidad. Agotada la apetencia, se agota el sentido del esfuerzo. No es de extrañar que las (no tan) nuevas generaciones seamos así, dado que las modas pedagógicas de hogaño invierten la carga de la motivación del alumnado al profesor: no es el alumno el que tiene que buscar estímulo para dominar la materia, es el profesor el que tiene entregárselo, aunque sea con embudo. El alumno antes era agente; ahora paciente. De ahí que no paren de proponerse estrategias en esta dirección. Lo que acontece en el trabajo es la metamorfosis de esta idea de la adolescencia al siguiente estadio vital.

Por último, es importante que el amor por el oficio, que la vocación, la de verdad, no nos haga caer en esa especie de complejo de asceta secular decimonónico que envuelve de virtud la tolerancia pusilánime a condiciones que en absoluto son irrevocables. Pues un médico no puede evitar ver la muerte, pero las malas condiciones contractuales y logísticas de un festival sí pueden ser evitadas al músico, y el clima de indisciplina también puede ser evitado al profesor. No por casualidad, a quienes he visto reclamar mejores condiciones en la música han sido a quienes han antepuesto el dinero al ejercicio de la profesión, y quienes se muestran más menesterosos son quienes se ven capaces de tolerar injusticias consolándose con la gratificación que les proporciona su ejercicio y ven en ello un mérito.

Queda claro, pues, que hay diferencias sustanciales entre trabajar de lo que a uno le gusta y trabajar de acuerdo con la vocación real, diferencias filosóficas, espirituales, antropológicas. Quizá admita aplicación en este asunto lo que Chesterton sentenciaba sobre el matrimonio: que es afortunado quien se casa con la mujer a la que ama, pero más afortunado es quien ama a la mujer con la que se casa.

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