De los estudios inútiles

De los estudios inútiles

Existen distintos motivos para estudiar. En la infancia y en la adolescencia el estudio se ejerce por imposición externa, bien de los padres, bien de las leyes; pocas veces se suele dar que el estudiante tenga una motivación intrínseca y sienta placer en el estudio. Acabada la educación general obligatoria, el estudio comienza a ejercerse por necesidad, o dicho de otra forma, por obligación interna, o por ausencia de obligación externa: en caso de que quisiera seguirse formando, serían las expectativas personales las que empujan al individuo a ciertos estudios y a declinar otros. Hay una tercera forma de estudiar, que es por placer, por amor a una sabiduría considerada en sí misma; no esperamos más pericia en nuestro trabajo, ni más opciones laborales o más remuneración, simplemente nos mueve la curiosidad, la convicción de que eso que es aparentemente inútil nos es beneficioso más allá de los términos utilitarios en que se mueve la sociedad.

Detallando más esta espontánea y gruesa clasificación de los estudios, podríamos decir que dentro del segundo tipo –los estudios «por necesidad»– distinguimos otros dos en función de su pertinencia en relación con el trabajo que los requiere: los estudios que son útiles y los estudios inútiles. Centrémonos en estos últimos.

Cuando uno, en sus expectativas de economía doméstica, vocacionales, laborales o de posición social decide consagrarse al estudio de determinada materia necesita obtener una o varias titulaciones para acceder al mercado laboral. El sentido común diría que estas titulaciones son imprescindibles para el desempeño de la actividad (imagino que esto es ser «inocente como las palomas»), pero en un momento disparatado como este no es algo que se pueda dar por hecho.

Ahondando aún más en esta clasificación que me voy inventando sobre la marcha, dentro de los «estudios inútiles por necesidad» encontramos los inútiles relativos y los inútiles absolutos. Se exige, por ejemplo, un certificado de inglés para multitud de trabajos que realmente no lo requieren (somos, ay, al fin y al cabo, una colonia). Este es un ejemplo que yo entendería como estudio inútil relativo, porque si bien se nos está exigiendo el certificado para un trabajo donde no parece que vaya a ser importante, es cierto que conocer el idioma es fundamental para muchas otras cosas. Cuando se estudia el idioma, el contenido de las lecciones se justifica por sí solo; el estudio puede ser tedioso, pero no podemos negar que es provechoso y fructífero, aunque no lo sea para el trabajo que paradójicamente lo requiere.

En cambio, existen los estudios inútiles absolutos, que son los que no hay por dónde coger. No siempre una titulación es enteramente inútil, a veces son asignaturas, a veces sólo ciertas partes del temario. Pero tratándose de la universidad me parece más que razonable, por respeto a la institución, criticar de manera inmisericorde cualquier cosa que suponga una pérdida innecesaria de tiempo, dinero o esfuerzo intelectual. En mi experiencia, que he conocido el máster de investigación musical, que hice por placer (y por ser habilitante para hacer doctorado), y el máster de formación de profesorado, donde me matriculé por necesidad, me he quedado asombrado con los niveles de tomadura de pelo que se toleran en las universidades. No sé si esta forma de corrupción se da en las carreras y posgrados de ciencias, imagino que no de esta manera. El máster de investigación era una macedonia de asignaturas inconexas entre sí, cuyo sentido era supuestamente ofrecer una perspectiva general de las ramas de la música para futuros investigadores (desde matemáticas hasta pedagogía, pasando por biblioteconomía y metodologías de investigación). La presencia de unas ramas de la musicología y la ausencia de otras, supongo, responderá a un criterio completamente arbitrario (por qué matemáticas y no danza, o por qué acústica y no estética, por qué no organología en vez de semiótica, etc.). El de formación de profesorado en cambio tiene un currículo más coherente, pero las asignaturas, vistas una a una, tienen un contenido de mucha peor calidad.

En estos años he visto enlaces caducados en los apuntes, profesores que no han preparado las clases, que desconocían las leyes educativas, ejercicios evaluables con número de intentos ilimitado, clases enteras desperdiciadas lanzando preguntas al aire para que los alumnos opináramos, como tertulianos de televisión, cosas sin ningún valor (el profesor, por supuesto, asentía con una opinión y también la contraria, para no herir los sentimientos de ningún alumno supongo), “foros” online donde cada uno vomitaba 500 palabras sin interesarse por el resto de aportaciones (eso sí, con las citas APA 7ª edición hechas con el máximo rigor para poder afirmar legítimamente y sin miedo a equivocarnos que el agua moja). He visto cómo hasta en tres asignaturas se repetía exactamente el mismo temario (supongo que será la famosa «transversalidad»).

Un estudio se revela absolutamente inútil cuando es incapaz de esconder el tufo a temario hipertrofiado, temario creado artificialmente, categorías artificiales para rellenar páginas y páginas de PDFs de interlineado 1,5, cuando está plagado de redundancias y obviedades, cuando la palabrería es intercambiable entre párrafo y párrafo por estar repleta de conceptos vacíos y comodines prefabricados que se usan como un pastiche. Por ejemplo, muchos de los temas de oposiciones son absolutamente inútiles, son dificultades añadidas caprichosamente. Tanto es así que he escuchado a profesores de preparación de oposiciones reconocer que no entendían siquiera de qué pretendían que se hablara en ciertos temas que aparecían en el BOE. Imagino que para que un opositor no se vuelva loco debe abstenerse de considerar la utilidad o la justificación con que se plantean estas cosas. Pero voy a poner ejemplos extraídos de temario que yo he tenido que estudiar, no sea que parezcan afirmaciones infundadas.

Encuentro frases como las siguientes: «[El tutor] debe ser objetivo y honesto […] practicar buenas habilidades de comunicación». Vaya, de no ser por esta advertencia habría pensado que el educador debe ser parcial y mendaz. En otra parte se nos alerta de la detección de «problemas que tienen que ver con la mejora de los aprendizajes de saberes en todos los estudiantes (aprender para saber)». Aprender… ¡para saber! Fíjense ustedes qué cosas, aprender saberes, saber aprendizajes. Hay mucho contenido de perogrullo que bien podría parecer de los exámenes del carné de conducir: si se va a cerrar el semáforo, ¿qué debo hacer? A) Frenar para evitar saltármelo. B) Acelerar para no llegar tarde a mi compromiso. C) Saltármelo activando antes las luces de emergencia.

Ahí va otra frase, que perfectamente podría haber salido de la boca de un político; el lenguaje pedagógico es muy cercano al politiqués, porque suele ser una yuxtaposición vacua de frases biensonantes, buenas intenciones y verbos de acción:

«La educación se trata de un proceso exclusivamente humano (toda acción educativa lo es), orientado hacia el logro de unos hitos y que depende del sentido y el valor que se dé a la persona en la sociedad que se integra, así como de unos principios y valores (normas y marco axiológico), socialmente aceptados y consensuados».

Ojo a esta otra:

«No hemos de olvidar que la persona, hasta mediados del S. XX, no se ha considerado como un ser libre, autónomo y digno de su propia vida. Hasta entonces, el 99% de la población mundial fueron esclavos, sirvientes, plebeyos, vulgo, súbditos, etc., de una ínfima minoría, formadas por las élites, en cada momento.»

Esta frase es, directamente, mentira. Esto sólo puede estar escrito desde la ignorancia o por alguien malvado que menosprecia al alumnado y ni siquiera se digna a citar la fuente de la que sale ese porcentaje o eso de «mediados del siglo XX». Es una gigantesca arbitrariedad lanzada con todo el descaro del mundo. El contenido útil queda confundido entre hojarasca y arengas ideologizadas (cosa imposible en una democracia del siglo XXI, según estos apuntes).

Encuentro clasificaciones, igualmente, arbitrarias: una investigación puede tener diseño estructurado o no estructurado; puede ser retrospectiva o prospectiva, longitudinal o transversal… Bien, sí, pero a todos estos criterios que aparecen en el temario puedo añadir yo los que quiera siguiendo la misma fórmula de algo y la negación de algo. También he encontrado, especialmente en temarios pedagógicos (comunes a ambos másteres), una proliferación de siglas que, si me las explican, seguro tienen su razón de ser y no son la estupidez que me parece que son: DPPD (Desarrollo Profesional y Personal del Docente), TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación), TAC (Tecnologías del Aprendizaje y Conocimiento), TEP (Tecnologías para el Empoderamiento y la Participación), TRIC (Tecnologías de la Relación, la Información y la Comunicación). Podríamos añadir de cosecha propia las TRIPI (Tecnologías para las Relaciones Interpersonales con Psicotrópicos Inspiradores). No piensen que estos ejemplos son cosa de tal o cual universidad, pues son conceptos que realmente tienen aceptación en el argot. Son como los anglicismos en el mundo de las finanzas, pero que tengan aceptación no me impedirá pensar que es catetismo cosmopolita.

También hay cierta predilección por las palabras largas y rimbombantes, no sé si por una especie de complejo de inferioridad respecto a otros saberes. Así, se prefiere ‘regularización’ a ‘regulación’, ‘interconexión’ a ‘conexión’, ‘enculturización’ a ‘inculturación’, ‘temporalización’ a ‘temporización’, ‘operativizado’ a ‘operativo’. Toda sílaba es bienvenida a estos prefijos y sufijos. ¡Cuántos estragos hace en las humanidades esa pretensión de parecerse a las ciencias! Los mismos que ha hecho en la música. Qué diferente es cuando la música se sirve de la matemática y de la geometría de cuando pretende imitarlas haciéndola abstrusa y alejándola de su cometido (no, esto no es una crítica al pitagorismo). No sé qué calificación académica merecerían hoy los grandes libros y grandes autores que han publicado obras especulativas sin regarlas de citas, sin pasar revisiones, sin esa neutralidad científica que hoy se exige a los textos humanísticos. Ni lo sé ni creo que importe saberlo.

Todos estos son ejemplos que he cogido por ser suficientemente evidentes para aquellos que no hayan pasado por estos estudios, pero seguro que todos reconocen casos similares, o al menos así me consta cuando mantengo estas conversaciones. Podría seguir hasta mañana, pero basten estos ejemplos para hacerse una idea del tipo de contenido al que me refiero. Sin embargo yo, que soy indulgente en demasía, creo que estos másteres tienen partes provechosas, pertinentes, que no necesitan justificación, pero todo el ripieno que las acompaña las desmerece completamente.

¿Cuál es la razón de ser de tantas titulaciones así? Todo lo que no vaya ordenado a la educación y a la excelencia me atrevo a decir que es fraudulento, y no diré que es una estafa por la aquiescencia con que miles de estudiantes lo vamos permitiendo año tras año. ¿Es por la inflación de títulos universitarios? Tener estos títulos es cada vez más un rito de paso del siglo XXI y cada vez menos una respuesta a necesidades específicas de los futuros profesionales. ¿Es para crear puestos de trabajo en base a una demanda artificial? El estudiante y el profesor están cómodos en esta pantomima donde unos fingen que estudian y otros fingen que enseñan, especialmente el estudiante joven, que prorroga otros dos años su ingreso en la cola del paro o en el mercado laboral creando la ficción de que se está profesionalizando con unas aptitudes muy por encima de la media. Pero también hay quienes están ahí por exigencias legales o requisitos de la empresa, gente casada y con hijos, gente que lo compagina como puede con un trabajo. Aquí se plantea uno el dilema de qué actitud mantener hacia los másteres: si está pagando un dineral a cambio de una formación de calidad o si está pagando un dineral para que (perdón por la expresión) no le toquen los cojones. Porque si se tiene que rebajar el nivel de exigencia para ser compatible para la gente que trabaja, la titulación pierde todo el sentido, a menos que el sentido sea que las universidades sigan haciendo caja inaugurando más y más titulaciones absurdas. Pero, por otro lado, si la persona que está trabajando necesita esa titulación para seguir trabajando de eso mismo, significa que la titulación es inútil en sí misma. Como si de medusas al sol se trataran, estos temarios quedarían drásticamente reducidos si se expusieran a la luz de la pertinencia.  ¡Pues cuántas de estas titulaciones no desaparecerían si se dejaran de exigir! Pero la educación no pocas veces cae en manos de la crematística.

Causa hartazgo que se hable de ciertas titulaciones como «trámites», porque jamás deberían ser eso, pero puestos a hacer comparaciones, más que de trámite yo preferiría hablar de impuesto revolucionario. Finalmente ocurre que, fruto de la pérdida de exigencia en todos y cada uno de los eslabones de la educación, los títulos quedan devaluados, y la criba en vez de hacerse por méritos intelectuales termina haciéndose por quienes pueden costearse refuerzos educativos privados,  quienes pueden permitirse cursar todos estos requisitos adicionales artificiales, quienes pueden estar sin trabajar para seguir formándose para cumplir con las exigencias burocráticas (no intelectuales, insisto) o para quienes pueden pagar cantidades que en ocasiones rozan lo inmoral a cambio de estudiar de forma no presencial. Bien está que en una empresa privada se cree un cargo inútil para el novio de la prima del accionista, porque es su eficiencia y su capital lo que está en juego; mal está que se haga en lo público en aras del clientelismo político. Pero introducir peldaños inútiles en la educación es jugar con los recursos de las familias, con su tiempo, conducir al estudiante por senderos que dan vueltas en círculo y, a nivel social, es jugar con las nuevas generaciones de población activa que se incorporan más tarde al mercado cargadas de títulos desprestigiados que informan cada vez menos de las aptitudes de los aspirantes y conducen a la frustración y a la pérdida de expectativas.

Todavía habrá quienes se molesten porque los estudiantes de posgrado no se toman en serio las clases. Prueben a hacer de las clases algo respetable, a impartir un temario que no insulte a la inteligencia, traten a los estudiantes como a gente adulta e inteligente, y las instituciones recuperarán la solemnidad y el prestigio que se ultraja año tras año.

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1 Comment
  • Ana
    Posted at 22:19h, 02 enero Responder

    Magnífico artículo !, digno de ser publicado en TODOS los Medios

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